11 noviembre 2005

11 / fast forward

Beto no duerme. Retiene las huellas de Diana en el cuerpo tenso y agotado, intenta extender las migas de placer como una crema que se multiplica sobre la piel, imaginando que fue como la gloria, pero no le alcanza. No puede dormir, no quiere pensar en nada más. Y tampoco quiere saber por qué.

Ella respira pausado. Beto la ve agitarse en temblores imperceptibles mientras sigue durmiendo. Se ve abrazándola, cada una de sus manos en los pechos de ella. Recibe el ritmo dormido del aire que entra y sale de sus pulmones. La mira y no puede pensar. Cierra los ojos para sujetar su figura.

Estrangula el abrazo. Ya no le importa lo que pasa en su cabeza y deja rodar las imágenes, sin reparos. No queda aire entre los cuerpos. Ve cómo sus manos hacen circular los pezones que se vuelven dóciles entre sus dedos. Por la espalda de ella se pierde una mueca ambigua, la piel se ensancha. Se ve comandando el cuerpo inerte que tiene entre los brazos -es mucho más fácil dominar lo ajeno que lo propio-.

Un rumor salado le invade la cabezaSabe muy bien lo que quiere: quiere a Diana para parar la locura. La ve dormir y sin embargo sabe que la quiere, abierta y llorando. Quiere que pida. Entonces asfixia con fuerza sus brazos contra los pechos y ahoga una queja muda. A través de sus párpados, quiere verla sacudirse, nítida e inmóvil bajo su peso.

Hace coincidir los dedos con las manchas gruesas, azuladas, que empiezan a surgir de la blancura. Un rumor salado le invade la cabeza. La boca se le llena de Diana, como si se llenara de arena. Ahora entra en ella desde la nuca, y el cuerpo que se retuerce sigue recto, paralelo al suyo.

Hunde otra vez las manos en los pechos y muerde la carne con los labios apretados. Diana sangra entre sus dientes. Siente los trozos de piel desintegrándose, la espalda que aúlla, ella que grita, él que la aplasta contra la cama. Con un gesto sordo, arremete contra el cuerpo dormido que pide más. Insiste. Adivina el trazo opaco de la sangre bajo la nuca. Un brillo metálico sujeta las manos contra la cama. Las muñecas se estiran, se rinden a su fuerza. Sabe que Diana no puede frenar la avalancha del cuerpo ajeno e incrusta la almohada sobre su cabeza húmeda, para escuchar las últimas bocanadas de aire entre los gritos. Él también quiere gritar, pero abre los ojos a la oscuridad del cuarto.

Diana duerme, paralela a su cuerpo todavía, la respiración pausada, la cara serena.

Beto recompone el abrazo y se duerme sabiendo que ya nada le alcanza.

04 noviembre 2005

10 / mate...

-Gabi, ¿no te cansás de estar todo el día al pedo? A ver si te ponés un poco las pilas y ordenás este despiole...
-Ah, no sé, queridito, arréglense ustedes. Nosotros limpiamos ayer. Además, yo no soy sirvienta de nadie.

Lo bueno de estar en la luna es que las voces, los ruidos de la casa le llegan amortiguados, lejos. Como todas las mañanas, Leo no encuentra algo y Gabi no tiene intenciones de ayudarlo a buscar. Discuten a los gritos del cuarto a la cocina, al baño, al cuarto otra vez, mientras Beto protesta, no viajó hasta acá para tener los mismos quilombos que en su casa, y además se tragó el papel de jefe y no quiere llegar ni medio minuto tarde. Diana ni se mete, en unos pocos días aprendió a no escucharlos. Prepara el mate y trata de pensar en otra cosa, intenta ganar unos minutos del día para mantenerse en forma con el estudio. Pero, cuanto mayor es el esfuerzo por concentrarse, más incontrolable se le vuelve la dirección del pensamiento. Diana prepara el desayuno y divaga entre ideas, temas del repaso, razonamientos no muy útiles y notas mentales de lo que tiene que hacer. Se esfuerza por darle una lógica al rumbo de su cabeza, y sin embargo se le imponen los recuerdos, aunque ahora son distintos. Brotan cercanos como fotos gastadas de vacaciones viejas. Recientes, se remontan a un puñado de días y noches y aparecen involuntarios, sin intenciones de nostalgia de por medio. Los recuerdos se revelan y Diana no quiere pensar porque no quiere acordarse.

La mañana en el Marbella. Unas nubes transparentes opacaban el sol, todavía muy bajo como para levantar la bruma. El auto no arrancaba y encima olía a querosén. Gabi le echaba la culpa a Leo y lo amenazaba con el divorcio porque la ropa le iba a quedar con un olor espantoso. Mucho después se acercó el conserje para ayudar con la batería y recién entonces se enteraron de que estaban a sólo cincuenta kilómetros del final del viaje. Ya nadie protestaba cuando subieron al auto, sepultados debajo de todos los bolsos que no entraban en el baúl. Callados recorrieron los cuarenta minutos que separaban el Hotel Marbella de la ciudad. Y la cara de Beto, cualquier cosa menos inocente, dibujada en el espejo cada vez que Diana la buscó.

-Diana, ¿qué te pasa? Apurate con eso, querés.

Prepara el mate mecánicamente, con esos movimientos que ya ni se piensan. Como si anduviera en bicicleta, simplemente va secuenciando las acciones correctas que resurgen de la memoria. En los últimos días todo parece costarle demasiado, encontrar las cosas en la casa nueva, adaptarse al laboratorio, comunicarse con Juani, acordarse hasta de lo más obvio. Diana ni siquiera es capaz de decidir la cantidad de yerba que tiene que poner en el jarrito. Cierra la hornalla mientras sacude el mate, apretándolo contra la palma de la mano. Lo da vuelta con cuidado pero el jarro de Gabi se resiste a mantener el hueco para la bombilla. [No sé para qué me gasto con esta porquería si haga lo que haga el mate va a salir asqueroso igual. Tengo que comprar uno como la gente. No me tengo que olvidar].

Aquel primer desayuno, improvisado con los restos de las provisiones del viaje, inauguró una serie de sobremesas que se estiran cada vez más, hasta lo intolerable. Al principio, Leo se esforzaba por disimular la curiosidad, preguntaba cómo habían pasado la noche y se apuraba a contar que ellos habían dormido bárbaro. Y guiñaba el ojo, una vez, dos, diez. Gabi, en cambio, prefirió ser más directa, "dale Diana, contanos, ¿te trató bien este animal?" Y como Diana se hundía junto con su medialuna en el café apenas tibio, fue Beto el que contestó, con su cara más seria, "por supuesto que la traté bien. Qué te creés, apretamos toda la noche. ¿Y ustedes?" Después de un siglo en el que los ojos de Leo parecían escaparse por detrás de los lentes, estalló la risa y hasta Diana, asomando apenas por el borde de la taza, se animó a festejar. El "nosotros" y el "ustedes" se instaló como una complicidad tácita y desde entonces, la pareja de "nosotros" entablaría con la pareja de "ustedes" sordas negociaciones verbales en torno al avance del trabajo, a las tareas domésticas, o a discusiones que, con el correr de los días, se tornarían inevitables. Hasta una frase tan simple como "pasame el azúcar" derivaría en interpretaciones y dobles sentidos. A la noche es peor, comen temprano, de puro aburridos, y nadie quiere ser el primero en irse a la cama. Las sobremesas se estiran y el último café se alarga entre cargadas estúpidas y lugares comunes. Gabi y Leo nunca pierden oportunidad de pasar de los chistes a las ironías y hasta se animan a las puñaladas. Diana está harta de devolver chicanas como pelotitas de ping pong, pero Beto se presta, se deja vencer por las bromas. Consciente, porque todo es tan obvio que resulta absolutamente imposible. No pasó nada. No puede pasar nada. No va a pasar nada.

...el mar, tan hipnótico como diferente a todos los mares conocidos...Son unas diez cuadras desde la casa hasta el laboratorio. Podrían ir caminando, si no fuera por el viento y porque siempre salen sobre la hora. No es que tengan un horario estricto ni siquiera hay alguien con más autoridad que Beto para controlarlos. Él es el empecinado en cumplir, dice que Ezcurra lo aprieta continuamente, que hay que mandar avances y resultados todas las semanas, que no tienen ningún margen para atrasarse. Cada mañana, en el auto, cinco o diez minutos hasta el laboratorio, Beto quiere que Diana viaje adelante y le cebe mate, entonces ella se sienta de costado para no darle la espalda a Leo, que asoma por el medio de los asientos, pero sobre todo para no perder de vista el mar, tan hipnótico como diferente a todos los mares conocidos. El mar la cautiva y Diana apenas participa en la conversación, reproduce las palabras en silencio pero no las entiende, no las alcanza. Asiste de memoria, los ojos siempre colgados del mar azul y verde, planicie de nubes, hechizo desmedido. Diana se pierde y el mar es la mejor forma de aplacar los recuerdos.

-¿Vas a seguir desnudándote así? -Beto se ríe y se acerca; los ojos, cualquier cosa menos inocentes.
-[¿Qué le tendría que haber contestado?] -Diana inmóvil, con el corpiño en la mano, tampoco puede frenar los brazos la boca que se aproximan. Retrocede.
-No vale, yo quiero ver. ¿Nunca me vas a mostrar nada?
-[¿Qué tendría que haber hecho yo?] -el abrazo se define y ella todavía no reacciona. No puede. Se deja empujar por la contundencia de un Beto demasiado desnudo, los cuerpos todo cerca que pueden estar sin tocarse, las rodillas quebradas contra el borde duro del colchón, la espalda sobre la cama. Retrocede.
-Me gustás mucho, nena. Vos y yo podríamos pasarla tan bien...
-[No podía decirle que sí] -pero Beto no tenía pensado ceder tan fácil. No la toca pero sigue ahí arriba, la tienta con los ojos y ella se deja.
-No, Beto, mejor no... Dale, Beto, salí, dejame.

Entonces él se levanta y, arriba las manos, muestra las palmas como los jugadores de fútbol cuando acaban de cometer una falta. Mientras termina de cambiarse, Diana quiere creer que lo peor ya pasó, que ya se acabó todo. Él no puede evitar proponerlo y por más tentador que resulte ella no puede decirle otra cosa que no. Ya se lo dijo y él entendió. Ahora se van a dormir y mañana será otro día, un día para empezar de cero. Mañana, si todavía es necesario, va a explicarle por qué no puede pasar nada entre ellos. Más tranquila, despejada, con el mar de frente, bien lejos del dormitorio. Y Beto va a entender, porque si no entiende, ella se va a ir a dormir abajo, al living, aunque sea un bochorno y se muera de frío. Ya se le va a ocurrir alguna excusa para meterle a los Gabis, cualquiera. Que la estufa la sofoca y a veces es medio asmática. Algo así.

Mañana, y mañana, y mañana, todos los días son iguales a cualquiera. El mate, las conversaciones vacías de un grupo que no tiene nada que los una, las bobadas de Gabi que preside la mesa imitando a Mirta Legrand. El trabajo que no afloja nunca, como tampoco lo hacen las quejas de Leo o las ínfulas de Beto. Los ojos de Beto. ¿Qué puede decirle? Mandarlo al frente es un incendio. Quién va a creerle, si todos saben que es un jodón. En cambio ella no tuvo ningún problema de meterse con él en el telo, y ahora comparten el cuarto, casi se desnuda a diario delante de él. ¿Cómo va a explicar todo eso? No puede contárselo a nadie, ¿quién va a creerle? Con el escándalo, la única que pierde es Diana. Pierde todo. "Ya fue. Él me entendió. No va a pasar nada". El mar permanente es la mejor forma de escaparse de esta rutina de acuerdos tácitos y territorios confusos. El lugar que les asignaron en el Centro tiene un ventanal que abarca la bahía completa. Cuando no quiere pensar, cuando los recuerdos se le imponen y los límites se borronean, cuando todo el Centro parece pendiente de ella detrás de los equipos, a través de las puertas que no ocultan nada, Diana trabaja con alguna porción automática de la cabeza, pero el resto, lo que le importa, anda perdido entre el mar, las nubes rápidas que transitan el vidrio y el pueblo que brilla en el fondo de la película. Bien lejos de la realidad que no quiere ni ver.

-Diana, no te puedo ver con eso puesto, me hacés acordar a mi abuela. Sacatelo, haceme el favor.

Diana se mira, aturdida, busca las respuestas adecuadas en el camisón pero no se decide a hacer nada.

-Mirá, nena, si lo que querés es ponerte algo para que yo no te vea, te presto mi remera. Pero sacate esa porquería. Ahora.

Diana esquiva y ataja la pelota blanda y gris que vuela hacia ella. La extiende, es una musculosa amplia, de tela casi transparente de tan gastada. La mira de adelante y de atrás, trata de imaginar cómo entrará su propio cuerpo ahí adentro. Es un trapito.

-¿Qué estás esperando, nena? ¿Que te la ponga yo? ¿Eso querés?
-Con esto me voy a morir de frío, Beto...
-Ponetela, Diana, acá no hace frío. La estufa está al mango.

De espaldas a Beto, Diana se cambia y recién cuando termina se permite pensar si todo esto es correcto. La remera es muy corta, cae apenas sobre los muslos y de arriba le sobran agujeros. No pasa nada, no va a pasar nada. Beto la sigue, "así está mejor, ¿te das cuenta? Mucho mejor". Cierra los ojos y de memoria se mete en la cama. Ya no le importa si Beto la mira o no cuando escucha el "chau, linda, hasta mañana". Prefiere inventarle finales a esta noche imposible y entonces ve como Beto se levanta y a latigazos en el pecho se acerca. Diana sabe que si él no afloja le va a ser cada vez más difícil sostener la negativa. Pero él no intenta nada, se queda muy quieto, tan al lado que su aliento la desespera. La mano llega después, despacio pero firme entra en el cuello, debajo de todo el pelo afloja, empuja el encuentro de las bocas, se abren al beso grande, a la invasión de los labios. Diana sonríe y se duerme, un nuevo secreto la arrulla, otra cosa más que no va a poder contarle a nadie.

28 octubre 2005

9 / rewind

Le gusta mucho. Más de lo que él quisiera. Pero lo vuelve loco que no se dé por enterada de nada. Lo peor es que ella no reacciona con las cosas que pasan a su alrededor. Uno podría asesinar a la familia en su presencia y ella sólo miraría, apenas interesada. Miraría mucho, durante un rato largo y, quizás, después preguntaría "¿Te sentís mal?". Como esa vez en que lo sorprendió cuando saboreaba los pechos de Julia, la ayudante de Bacteriología, que lo desvelaban desde principios del cuatrimestre. Ella se había quedado mirándolos sin asombro, sin censura tampoco, y entró como si nada a buscar en el archivo. "¿Qué?, ¿acaso a vos no te gustan las caricias?", preguntó él, acercándose, mientras Julia desaparecía con la camisa a medio abotonar. Ella no le contestó, y siguió apilando carpetas cuando él le puso una mano sobre el hombro, la dio vuelta y a los ojos le repitió la pregunta: "Dale, decime ¿a vos no te gusta que te franeleen?".

Le gusta mucho, desde antes. Y le gusta porque no contesta enseguida. Tampoco pregunta, ni cuestiona. Sólo hace lo que le piden y no se detiene a pensar si está bien o está mal, si es justo o no, si sirve para algo. A lo sumo, mira con sus ojos inquietos, con una curiosidad difusa, como despegada de las personas. Aquella vez de Julia, ella siguió escuchando, serena, sus preguntas: "¿Qué son un par de caricias? ¿Vale la pena hacer un escándalo por tan poco? ¿Te parece mal? Si algo te tienta, tenés que agarrarlo... digo, mucho peor sería dejarlo pasar ¿no te parece? En una situación así, ¿vos que harías?" Su cara impasible excita la propia curiosidad. ¿Por qué ella nunca opina? ¿Por qué siempre se toma un tiempo para pensar antes de hablar? ¿Por qué mira mientras tanto, como preguntando, como provocando, pero en silencio? Diana nunca hace preguntas.

una playa infinita de arena gruesaUna playa infinita de arena gruesa que trepa hasta más arriba de los tobillos. El sol despiadado tiñe de blanco los contornos de los médanos pero el mar es demasiado amenazador como para animarse a buscar el alivio del agua. Cada ola golpea con fuerza contra la orilla y, por un instante, descubre un abismo de piedras y espuma. A lo lejos, un faro rojo marca el final del desierto y las dudas. El día se extingue pero el faro no muestra intenciones de encenderse.

Diana se despierta sola en una cama desconocida. Una luz intensa le apuñala los ojos. Por detrás de la bruma que le adormece los gestos, por encima de un rumor de agua, alguien canta "O sole mío" y los recuerdos vuelven en cascada. El sueño que parecía inalcanzable, el hotel, el auto, el viaje, el trabajo, la facultad. Y Beto, atravesándolo todo como una playa perpetua. Desde el principio que la intriga este hombre que parece reírse de todo, que salta por cualquier cosa pero no se preocupa por nada, ni porque lo manden lejos a apagar los incendios del trabajo, ni por su situación estancada en el laboratorio, ni por ser un subordinado de su mujer, ni siquiera por los rumores que la involucran a ella con su jefe. Y claro, él no es un santo, pero Eugenia tampoco se preocupa. Le gusta, claro que le gusta ese hombre de ojos dulces y sonrisa fácil, de espalda ancha y palabras tentadoras, que le hace acordar tanto al profesor de historia del que se había enamorado perdidamente en el final de la secundaria. A veces, cuando trabajan juntos en algún informe, se deja llevar por la fantasía de un par de centímetros menos entre sus brazos, un roce que perdure, que se haga caricia de manos fuertes, que siga. Diana se deja llevar porque sabe que es imposible, pero se tienta. Ella sabe que los dos saben que es imposible, pero él no se pierde una sola oportunidad de desafiarla. Y a Diana la tienta, le gusta que Beto la mire como diciendo "¿qué pasaría si...?" Beto la tienta desde hace mucho. A pesar de Eugenia, a pesar de Juan, a pesar del trabajo, a pesar de todo. Por eso está dispuesta a aferrarse a cualquier excusa que la ayude a justificarse. Sabe que lo que le pasa no está bien, pero también sabe que no puede negarse. No quiere negarse. Quiere saber a dónde llega, en qué faro termina la playa.

Diana se despierta sin certezas.

21 octubre 2005

8 / un faro rojo

La herencia de tres generaciones de hoteleros patagónicos le dio a Pedro Marbella el olfato necesario para comprar una franja de desierto en plena ruta, a cuarenta minutos de la ciudad, y convertirlo en el hotel preferido de la mayoría de los amantes de la zona. Empezó con un motel chiquito, atendido por la familia, pero diez años después, con el negocio en su mejor momento y el hijo mayor recién recibido de arquitecto, Pedro decidió modernizar el edificio y equiparlo con las últimas tendencias en la materia. En el circuito de rumores no se oyen más que alabanzas a cada una de las ideas "tan originales" que implementó el Joaquín, las ambientaciones de las suites más caras, pero sobre todo el diseño de los baños, unos cubículos vidriados que permiten una panorámica de lujo desde la cama. Pero pocos saben, y menos aún son los que atreven a confesarlo, que las mejores ideas fueron copiadas de las mismas películas que pasa el hotel, una suerte de "haga realidad sus fantasías" proyectada por el nene. Así y todo, la propaganda de boca en boca y las mejoras dieron sus frutos y la clientela aumentó tanto que, viendo la cola de autos en el camino de entrada, los Marbella se ilusionan con duplicar el número de habitaciones antes de la próxima temporada alta. Después de todo, la ciudad sigue creciendo y todos saben que, en la Patagonia, cuarenta minutos en coche son un suspiro.

* * *

[Si le pido que duerma en el piso, quedo como una tonta. Si lo hago yo, me muero de frío... Para eso me quedaba en el auto.]

Con la espalda apoyada en la puerta, Diana recorre la habitación número cinco del Hotel Marbella deteniéndose en cada detalle. Si no tuviera que pasar la noche ahí, si no fuera que tiene que compartir la cama con Beto, hasta podría reírse de su situación. Parece una cargada, sí, pero es la pura verdad. Salió de vacaciones con Juani, se fueron solos a Córdoba, estuvieron en varios hoteles, pero nunca en uno con espejos, con luces, con un baño de vidrio. Definitivamente es una cargada entrar así por primera vez aun telo.

[No tengo miedo, no puedo tener miedo. No tengo que hacerme el bocho].

Mientras tanto, Beto termina de ducharse y se acerca con la toalla ajustada a la cintura. "Ya tenés el baño", le dice, y Diana preferiría no tener que hacerlo pero sabe que tiene que sacarse todo el día de viaje de encima. Un vértigo le inunda la cabeza, le opaca la vista y demora sus movimientos. De espaldas a la cama, se saca los abrigos, los pantalones y empieza a desabrochar el corpiño por debajo de la camisa, esa maniobra que aprendió en tantas vacaciones donde compartió habitación con su hermano mayor. Una acción que viene temiendo y esperando desde que Beto dijo "Diana y yo nos quedamos con la cinco".

-¿Vos siempre te desnudás así?

[¿Qué le importa a él cómo me desvisto?]

Inmóvil, con el corpiño en la mano, Diana no sabe qué contestarle. Prefiere ignorarlo y meterse en la ducha para terminar de desnudarse en el amparo dudoso de los vidrios esmerilados.

-No vale, yo quiero ver. ¿No me vas a mostrar nada?

Siempre de espaldas, Diana confía que el agua muy caliente la bañe, arrastre el cansancio del viaje, el fastidio, las dudas y le apague el vértigo que todavía le late en la cabeza. Quiere dejar de pensar, quiere dormirse, quiere que todo se acabe. Entre los borbotones de vapor, registra en el espejo los movimientos del cuarto y no apaga la ducha hasta que comprueba que Beto ya está acostado. Sale del baño en camisón y corre a la cama, con la esperanza de que él no la esté mirando.

-Esto es injusto, nena. ¿Siempre dormís con sotana? ¿No se te enredan las piernas?

[¿Qué le importa cómo duermo?]

Diana dudosa se mira el camisón largo, grueso y descolorido. Otra vez no sabe qué contestar. Tampoco sabe si tiene que reírse.

-No... es de mi vieja. Yo...
-¿Vos qué?
-¿Podrías dejar de reírte como un tarado?
-No, no puedo. Contestame, ¿vos qué?
-Nada, es una pavada...
-No importa, dale, contame, ¿vos qué?
-No seas pesado, Beto. A vos no te importa si yo duermo con ropa o sin ropa.
-Ah, era eso... No me parece ninguna pavada.

[Yo soy la tarada, ¿Por qué tengo que contestarle? ¿Por qué tiene que preguntarme todo?]

Puede verlos, al alcance de la mano, pero sabe que ya no estarán ahí cuando abra los ojosEntonces él se da vuelta y ella aprovecha para meterse en la cama. Tiembla al contacto con las sábanas calientes, es el primer instante de placer después de todo el viaje... pero está Beto. Tiembla al acordarse y se acomoda bien en el borde, sigue dándole la espalda a la figura incierta de su compañero, que en un instante vuelve a girar, como si estuviese dormido, y le apoya una mano en la cintura. Otro temblor la recorre pero la mano no avanza y Diana se esfuerza por serenarse. Es una noche, piensa, una sola. Mañana voy a tener una cama para mí solita. Aquieta la mirada en la raja de luz más amarilla que entra por debajo de la puerta y se deja arrullar por el silbido del viento que atraviesa las ventanas. Sin pensar más en los ruidos extraños, en las manos invasoras, trata de dormirse pensando en los sueños de los últimos días, en la atmósfera extraña y espesa que presiente cada vez que cierra los ojos. Sabe que algunos paisajes, algunos objetos, algunos escenarios tienen que ver con ella, como si le pertenecieran. No, mejor, como si le correspondieran, aunque no logre entender por qué. La escalinata de mármol que termina en la playa sucia, ese mar marrón en la media luz de la tarde, los faros siempre distintos tienen que ver con ella, sin duda. No sabe bien cómo expresarlo, no es exactamente así, pero es algo parecido, algo ambiguo, impreciso. Las explicaciones no reflejan lo que sueña, más bien lo opacan, lo empequeñecen. Diana sabe que algo valioso se le está escurriendo, como los sueños al borde de la vigilia. Puede verlos, al alcance de la mano, pero sabe que ya no estarán ahí cuando abra los ojos. Puede ver claramente el faro rojo en la punta opuesta de una playa interminable. A cada paso, la arena gruesa se traga sus pies hasta más arriba del los tobillos. El cielo impecable se transforma en noche, Diana no avanza y el faro no se enciende. Los sueños -algunos- son un espejismo.

14 octubre 2005

7 / rituales

Sentada en la cama, rodeada de espejos, Gabi tironea de las botas con tanta fuerza que también se le estira la voz. En cada frase, levanta los ojos hacia la figura de su marido detrás de los vidrios opacos. En el baño, Leo no la escucha porque se prepara para dormir: se cepilla los dientes y masajea las encías, hace gárgaras para descongestionar la garganta, se lava las manos con jabón neutro, concentrándose en el desastre que la aventura de la goma pinchada le dejó debajo de las uñas, luego las humecta con una crema para piel sensible y se aplica en la cara una que tiene filtro solar. El último paso es ponerse las medias tejidas y el chaleco frisado sobre la camiseta y encima el saco del pijama. "Así, bien abrigado, listo para enfrentarme a las gripes traicioneras. No entiendo cómo hace Gabi para no enfermarse, que seguro ya desparramó la ropa por todos lados y anda bolas por ahí, exponiéndose a los virus". Sale del baño con los lentes en la mano y una pregunta bien meditada, alerta para desarticular las maniobras de su cariñito, que siempre le pide detalles de lo que dice para confirmar que la escucha. Con un gesto indiferente pero que carga toda la urgencia en los ojos, le larga:

-¿Dónde metiste mi antiséptico bucal?
-¿Acá también vas a dormir con toda esa ropa, papuchi? Dale, sacate eso y vení a hacerme cositas...
-No me cambies de tema y buscame el antiséptico. ¿No pensás abrigarte un poco?

Gabi no le contesta. Arremete como un soplo de sedas blancas rumbo al baño y vuelve a sus especulaciones, entrecortadas por el lavado de dientes:

-Pero entre ellos, ¿hay onda? Porque lo que a mí me parece es que Diana como que se le metió en la cama a Beto, ¿no? Digo, ¿qué harías vos en su lugar?
-Yo estaría tan contento como él, mamuchi... si no te hubiera conocido antes a vos, claro. ¿Pero por qué pensás que es Diana la que quiere? Más bien creo que fue Beto el que se puso inflexible con quedarnos acá...
-No sé, no sé... porque él parece medio loco, pero ella... con esa cara de mosquita muerta... No sé, no sé, al fin de cuentas sos vos el que los conoce. ¿Qué te parece que harán?
-¿Y qué van a hacer? Nada, con este frío... y en una situación tan obvia...
-Pero algo tiene que pasar... digo, estamos en un telo, ¿no?

Después de comprobar con medio cuerpo de cada lado cuánto se ve a través de los vidrios del baño, Gabi acompaña sus argumentos con un baile que recorre toda la habitación. Sin mirar a su marido, que ya se sumergió entre las sábanas, revisa el frigobar desierto, enciende y apaga las luces y la música y al final se queda a los pies de la cama, imitando los gestos de la danza del vientre que está muestra la tele.

con todas las intenciones que sus ojos son capaces de cargar-¿Qué te estás ratoneando vos?
-Y qué sé yo... No me digas que el lugar no es tentador, papuchi... Mirá si Diana se trajo un camisoncito como este... ¿te parece que Beto se va a quedar en el molde si ella lo provoca así? No, ¿no? Entonces, como quien no quiere la cosa... ponen este canal y tal vez se franeleen un poco, por lo menos... Y si hay onda desde antes... ¿te parece que curten o no?
-No sé, mi amor, no creo... ¿Acá? Si de verdad pasara algo entre ellos, serían un poco más disimulados, ¿no te parece?

La respuesta de Gabi es puro ademanes: da por terminado su baile, se calza el control remoto como un cuchillo entre los dientes y gatea sobre la cama hasta su marido, sin dejar de mirarlo con todas las intenciones que sus ojos son capaces de cargar.

07 octubre 2005

6 / marbella

Si la ruta fuera el espacio exterior, viajarían a la velocidad de la luz en una cápsula presurizada con rumbo a la Estación Espacial Omega. Entonces, los mojones serían asteroides que marcan el camino correcto; los carteles amarillos, advertencias de ataque y cualquier otro evento que perturbara la oscuridad completa del cosmos se convertiría en un indicio de naves enemigas que deberán ser abatidas con el cañón de plasma. Como el Capitán Beto ha prohibido que manejen las mujeres pero tampoco tienen intenciones de agarrar el volante, Leo sigue al mando de los controles y, mientras los otros tripulantes duermen "a mandíbula batiente", él trata de ingeniárselas para combatir la modorra. Si al menos tuviera una radio para recibir las instrucciones de la base terrestre... Paciencia, un buen comandante debe sobreponerse a la adversidad y, sobre todo, estar atento al peligro que acecha cuando empiezan a zumbar los oídos, porque una sola distracción puede producir un desvío de las coordenadas, y nadie soportaría una tragedia, mucho menos él. "Hora de chequear los instrumentos", se le escapa en voz alta, pero nadie lo escucha. Combustible okey, temperatura normal, batería cargada, agujita indeterminada estable, velocidad crucero... ¿Cuántos años luz tendremos que recorrer todavía? No logra recordar cuándo pasaron el último satélite... "¿para qué tengo tres co-pilotos si ninguno es capaz de confirmarme una información tan elemental? Zánganos, son todos unos ineptos... atento, comandante, el radar detecta una presencia alienígena, se inicia secuencia de exploración...". Leo se empuja los lentes sobre la nariz para enfocar el fantasma amarillento que brilla en medio del parabrisas. De a poco, las formas nebulosas van modelando letras que flotan en la oscuridad compacta de la ruta: "Motel Marbella, 10 Km".

la entrada del motel brilla entre las sombras espesas de un insólito grupo de árboles-Gente, a despertarse... Encontré un hotel, ¿me escuchan? Dale, Beto, reaccioná, ¿qué te parece si hacemos noche acá y seguimos mañana?
-No paremos, viejo, quiero llegar... ¿Cuánto falta?
-No sé, che, no tengo ni idea. Pero es muy fácil decir "no quiero parar" cuando estás durmiendo lo más pancho... Yo también quiero un pecho que me acobije... Estoy podrido de manejar...
-Yo también estoy podrida, papuchi, ya me duelen todas las piernas...
-Dale, Beto, no doy más, me duermo... Quiero parar, mi mujer quiere parar y Diana seguro que también quiere. Además, cuando lleguemos la casa va a estar helada, no vamos a tener comida y hasta las camas vamos a tener que hacer... En cambio si nos quedamos en el Marbella, podemos cenar algo, dormimos cómodos y calentitos y mañana, bien temprano, desayunamos como la gente y seguimos viaje, dale, ¿qué decís? ¿Paramos?
-Hagan lo que quieran, pero después no se quejen.

La entrada del motel brilla entre las sombras espesas de un insólito grupo de árboles. Más árboles y plantas rodean un camino largo y curvo que desemboca en el estacionamiento, una hilera de cubículos en la que se adivinan unos pocos autos. El viento sacude las lonas y juega a hacer figuras de ramas y luces amarillentas. Un cartel de números rojos les indica la habitación cinco de la izquierda.

-¿Qué es este lugar?, ¿dónde me trajiste, papuchi? Este hotel parece uno de esos...
-¿Y qué esperaban en el medio de la ruta, giles? ¡¿El Sheraton?!
-Nos están dando una sola habitación. No podemos quedarnos acá...
-¿No te morías de sueño, macho? ¿No querían parar a toda costa? Acá tienen un hotel... ¿qué más quieren? Diana y yo nos quedamos con la cinco y ustedes van a la conserjería y piden otra más.
-¡Beto!
-Estamos en un telo, nena, no te van a dar una pieza para vos solita. Además ya lo dijo Leo, quién sabe cuánto falta, la casa está helada, no tenemos nada para comer...
-Pero...
-Beto, esto es muy raro...
-Más raro va a ser que yo entre con vos, y Diana se quede con tu mujercita. Te lo aseguro, pibe. ¿Vamos, Dianita?
-Beto... yo...
-Mirá, nena, no me rompás vos también. Si tenés algún problema quedate en el auto y cagate de frío. Yo ahora lo único que quiero es dormir. Ya tengo los huevos repletos con todo este asunto.

Diana lo sigue por la galería amarillenta como si viajara por un túnel en el que retumban los ecos de voces extrañas, gritos opacos y una música indeterminada que se escucha más nítida delante de las puertas. Otra vez su cabeza es una caja vacía de paredes acolchadas, pero ahora es la voz de Gabi la que empuja, "oíste eso, papuchi, son jadeos... este hotel es un conventillo... ¿cómo vamos a dormir acá?". Caminan hasta la puerta cinco sin mirarse, Diana avanza cada vez más despacio, ¿cómo vamos a dormir acá? Leo grita un portensébien por encima del murmullo de su mujer, Beto abre la puerta y la espera para dejarla pasar primero. ¿Cómo vamos a dormir? Adentro de la habitación enrojecida, Diana sabe que perdió la última oportunidad de salir corriendo.

30 septiembre 2005

5 / un faro invisible

Beto habla de costado, en ese tono grave que se confunde con el zumbido del motor. Leo maneja concentrado en la doble línea amarilla. Debajo de dos camperas, Gabi duerme hecha un ovillo y la cabeza le rebota suavemente en el borde de la ventanilla. Diana fija la mirada en el hueco entre los cuerpos que se sacuden al ritmo del viaje. Beto sigue hablando, pero ella no lo entiende o no lo escucha. A sus oídos sólo llegan palabras despedazadas, fragmentos de oraciones que entran y salen como el aire en los pulmones. Diana no logra retener ni una sola frase coherente. La mente alberga ideas que en algún momento comienzan a golpear contra la cabeza. La cabeza de Diana es una caja vacía, el interior confuso de una habitación de paredes acolchadas. Diana empuja inútilmente los muros que se cierran, atronadores, se acercan rápido, el ruido crece, se transforma en gritos, en la voz de Beto que la sacude.

-Eh, Diana! ¿Me oís? Che, ¿estás dormida?
-Eh? No... ¿Qué decías? No te oí... me muero de sueño.
-Querés apoyarte en mi hombro?
-No, dejá, estoy bien así.
-Bueno, entonces me apoyo yo.

el faro invisible, detrás de la nocheBeto baja la cabeza hasta el hombro de Diana. Con cada sacudida del auto, golpea contra el hueso. Rebota, intermitente, se desliza. En el aire oscuro del asiento de atrás su mejilla frena justo en los pechos de ella. Despacio, Diana lo sube, lo acomoda, arriba, pero el vaivén vuelve a deslizarlo, abajo. "No es nada", se promete ella, "está dormido". Busca en el espejito pero Leo no los está mirando. "Soy yo que me doy manija". Diana vuelve los ojos para dejar de pensar en Beto. En la ventanilla tiembla una luz a lo lejos. Sólo una luz, unos centímetros arriba del horizonte, primero tenue, luego más nítida, después deslumbrante hasta apagarse del todo. Un instante después vuelve a empezar, una y mil veces. Abajo, el resto del faro invisible detrás de la noche. Diana tiene frío, Beto pesa en el hombro y en el pecho. En la cabeza. Trata de dormirse, quiere sentir el aliento pausado del otro pero no lo alcanza. Tiene los pies helados y el cuello duro. En su mente busca algo, a alguien, cualquier cosa que la aleje de ese auto sin calefacción y lleno de mosquitos, del tipo que tiene encima y que ni siquiera puede darle un poco de calor. Piensa en Juani, si cierra los ojos puede verlo, es una foto del verano pasado, en la playa. Diana tiene ganas de llorar, cierra los ojos con fuerza, más fuerte que antes, para borrar todas las imágenes. Entonces juega a que está dormida, a que no puede controlar lo que sueña.

Sube por una playa pedregosa y desierta mientras escucha el timbre repetido de una sirena. Sabe que es una nena, la última sobreviviente de un naufragio, esperando que la rescaten. La tarde ilumina por separado algunas gotas de arena gris, que empiezan a brillar en el suelo, entre las piedras mojadas. A lo lejos, la silueta oscura de un hombre la vigila. Es alto, de espalda fuerte, unas vestiduras pesadas lo cubren por completo. Diana sonríe y baja la cabeza para que él no le vea la boca. Como trapos deshilachados, la bruma abre y cierra las figuras indefinidas que se ven contra el fondo, empañando los muros atropellados por las olas, la escalinata inconclusa. Cuando finalmente él se acerca, ella ve sólo los huecos negros de los ojos. En silencio, la levanta y la lleva contra su pecho, sin esfuerzo. Respira contra su cuello un aliento cargado de restos de mar.

-Voy a dejarte en el faro.

La sonrisa de la nena sube por el cuello del hombre, abre la boca, muerde, destroza, arranca la cabeza del farero como si fuera un muñequito de azúcar, la escupe lejos y mira a la distancia. En la noche que comienza suena la luz de un faro, como diez mil sirenas. Diana sabe que es sólo un sueño, pero quiere quedarse con los jirones de la historia en las manos, quiere tener delante de los ojos el agua quieta y marrón que parece retirarse y no avanzar, la escalinata de mármol, la barranca ahora difusa y, más lejos, el faro invisible. Los restos de árboles ennegrecidos, contra la orilla, sobresalen apenas del agua, como tiras de caucho, como recuerdos.

El silencio vuelve a ser una masa pegajosa que los envuelve y los aísla. No se oye nada, ni el susurro de las respiraciones, ni las voces, ni siquiera el motor del coche que sigue rompiendo la ruta. Diana no sueña. Tiene frío y ya no tiene ganas de llorar. Hunde sus manos entre sus piernas y encuentra las manos calientes de Beto.

Beto no duerme, no quiere dormirse nunca. Se apoya desparrama contra Diana, quiere que ella sienta el peso de su cuerpo su cabeza. Entrecierra los ojos a la oscuridad que llena los vidrios fríos. Quiere imaginar que viajan por una estepa helada, envueltos en pieles espesas, en un vehículo que se desliza sin ruido sobre la nieve. Quiere imaginar en las palmas de las manos las pieles de los abrigos, la de ella, su propia piel contra la ajena. Entreabre los ojos a la oscuridad. Quiere que Diana sea rubia, que esté llorando, que le pida amor de muchas formas, que se moje entre las piernas cuando él meta sus manos entre todas las pieles.

Beto no mira a Diana. Sus ojos abiertos van fijos en la ventanilla negra apenas salpicada de puntitos brillantes. En el faro invisible que se prende y se apaga, una y mil veces. Las manos frías de ella se mezclan entre las suyas.

23 septiembre 2005

4 / km 794

[No lo puedo creer... pinchamos. ¿Beto estará dormido? ¡Qué macana! Con este frío, y encima la bruma... hace como tres años que no cambio una goma]. El renqueo cada vez más lento se acentúa hacia la derecha y muere en la banquina. Leo espera unos segundos para ver si la quietud dentro del auto despierta a alguien.

-Beto... Beto..., ¿estás despierto?
-No, viejo, no pares. No paremos más. Así no vamos a llegar nunca.
-¿Qué querés que haga? Pinchamos...
-No, querido, yo no pinché. Pinchaste vos.
-Sí, pero se van a tener que bajar todos para cambiar tu goma de tu auto.
-Sí, pero la van a tener que desenterrar de abajo de tus bolsos.
-Cortala, Beto. Dale que se hace tarde.
-Qué novedad... Claro que se hace tarde. Si salimos de Buenos Aires a la mañana y todavía estamos en el medio de la nada...

Bajan demorando los movimientos. Diana se despierta entumecida y enseguida desiste de bajar a Gabi del auto. Mecánicamente sacan bultos al azar entre los tres. Un enjambre de mosquitos invernales se divide las presas.

Beto se reclina sobre la rueda trasera del lado de la ruta. A tientas ensambla las piezas del crique que le prestó su cuñado hace dos años, después de que le desvalijaron el auto. Tantea con la mano el lugar donde tiene que ubicarlo. [¡Qué boludo! Tendría que haber cambiado esta mierda antes de salir. Siempre me olvido... ahora voy a tardar como dos horas].

-Leo, apurate con la baliza y vení a darme una mano.
-Ya voy, ya voy... Que alguien me busque una piedra porque esto se cae para adelante. ¡Diana...!
-Dale, Leo, dejá eso que no va a pasar nadie... dale, sacá la linterna del baúl y vení.

La linterna no es una linterna. Es una lámpara multiuso coreana que Eugenia compró en un semáforo. Tiene una luz roja, otra amarilla, radio despertador y un tubo fluorescente que no logran sacar de intermitente. Al primer impulso de la palanca, el crique se zafa y se desarma. Un cúmulo de murmullos asciende junto con el flanco del auto. Puteadas. Parpadea la luz amarilla. Otra vez se zafa la llave. Beto retrocede perdiendo el equilibrio. La linterna en manos de Leo sigue iluminando inútilmente las tuercas. Intermitente. [Pero me cago en la... me olvidé de las tuercas]. "Beto, ¿no tendrías que haber aflojado las tuercas primero?" [Sí, gil]. Gira la luz roja. "¿Dónde está la cruz?" [¿Dónde estará ahora el hijo de puta que me afanó el crique y el estéreo?] Beto sigue apartando los terrones de tierra roja, amarilla, roja, amarilla, roja, fluorescente que se desprenden del guardabarros. Las tuercas van cayendo en la taza. Todas menos una. [Que la busque el imbécil... O Diana]. "¿Dónde está Diana?". Leo empuja el botón equivocado y junto con las luces de colores se enciende el ruido áspero de una radio mal sintonizada. "Leo, dejate de jugar con esa mierda... será posible... ¡Diana! ¿Dónde carajo estás? [No importa, hacete la escurridiza ahora, aprovechá que ya te voy a agarrar...]. La alarma de la linterna coreana desgarra el desierto oscuro que los rodea. [Leo y la puta madre que te parió... No va a poder decirme que no... Si nunca me dice que no a nada, por qué va a empezar justo ahora a negarse...]. Los murmullos, los planes de Beto van bajando lento, como el crique, hasta tocar el asfalto helado.

* * * * *

¿Me querés decir qué cornos hago acá en la ruta de los mosquitos haciéndole de instrumentista a un caracúlico? Ya podría estar allá, calentito, con la estufa, durmiendo abrazado a mi mujercita. Pero no, claro, al amarrete de Ezcurra no le da para pagarnos el avión... qué hijo de su madre, me pone siempre abajo de este... acomodado que lo único que hizo bien en su vida fue casarse con "Eugenia Valdivia". El muy inepto se cuelga de los méritos de su esposa y a mí me ignoran olímpicamente... salvo cuando se cae el sistema, ahí sí, "Riccardi, qué sería de nosotros sin usted"... Hipócritas... Qué porquería esta luz, che... tengo que tenerla apretada para que no se apague... es de locos... ¡Uy, se activó la alarma! ¿De dónde se apagará? Qué sé yo... para mí se hicieron los fierros de verdad, no la basura asiática. Siempre les digo que no compren berretadas... Ahí está, quedate quieta ahora que si no... Menos mal que Beto sabe de estas cosas. Si me tocaba a mí cambiar solo la rueda hubiera tenido que despertar a mi Gabi... con lo que me costó convencerla de venir... pobrecita, se durmió con este frío y el estómago vacío...

-Beto, ¿vos viste la bolsa de comida cuando bajamos los bolsos? ¿Sabés que no la vi...? ¿Qué vamos a comer esta noche cuando lleguemos?
-¡Pero la puta que te parió, Leo! ¿No te das cuenta que ya ES de noche? ¡Sostené bien esa linterna que no veo un carajo, por favor! ¡Diana! ¿Dónde te metiste?

* * * * *

Gabi entreabre apenas el ojo izquierdo. En el borde de la luz de los faros delanteros ve a Diana, sentada más allá de la banquina, con los codos en las rodillas y las manos sosteniéndose la cabeza. El reflejo de su imagen atraviesa el parante de la puerta abierta.

[¡Qué frío hace, che! ¿Nadie va a venir a cerrarme la puerta? Y encima este auto que se está llenando de mosquitos. Dale, Diani, movete que fuiste vos la que me abrió la puerta. ¿No te das cuenta que yo estoy durmiendo y no puedo cerrarla? ¡Movete, en vez de estar ahí papando moscas...! Bah, mosquitos. ¿Por qué será que esta tarada no cierra mi puerta, se mete en el auto y se hace subir con el crique, como yo? ¡Qué gente desconsiderada...! Mucha universidad de acá y doctor de allá pero no saben nada de solidaridad... ¿Qué le pasa a esta cosa que sube y baja todo el tiempo? ¿Y esas luces? ¿Llamaron a la grúa? No, yo de acá ni me muevo. Soy paralítica, como Amaranta... ¡Uy, me olvidé de poner a grabar la novela! ¡Qué tonta, cómo me pude olvidar! Pero la culpa la tiene Leo, como siempre... se pone histérico y empieza a los gritos... ¡apurate, apurate! Si ya sabe que a mí me tiene que tratar bien... "vísteme despacio que estoy apurada..." Le voy a decir que en el apuro me olvidé su chaleco de dormir, ¡ahí lo quiero ver! Para que aprenda a tratarme bien... Seguro que donde vamos no hay ni cable, me la voy a perder, me perdí la novela, ¡qué tarada...! Tengo que llamarla a mami para que me la grabe...

El viento le pega fuerte en la cara pero es incapaz de arrastrar la puerta abierta. Gabi se da vuelta sin desacomodar la campera que la cubre. No quiere cerrar la puerta, si descubren que se hace la dormida la van a poner a acomodar los bolsos otra vez. Y ya tuvo suficiente escándalo con la primera. Que son muchos, que qué llevás, que para qué... Ahora no quiere discutir, quiere dormir y nada más.

* * * * *

se transforman en un conjunto de rayas horizontales, a veces rojizas, a veces amarillentas[¿Para qué vine, me querés decir? ¿No podía decir que no? ¿Por qué Juan no me paró, por qué me dejó venir? Porque yo no le importo un comino, por eso. Por eso estoy acá muerta de frío y con estos bichos que me pican hasta el alma.

Diana entrecierra los ojos y las figuras se desdibujan. El auto, la ruta, la cabeza de Leo se transforman en un conjunto de rayas horizontales, a veces rojizas, a veces amarillentas. [Si parara el viento por lo menos... Nunca en mi vida sentí tanto frío. Quiero mi cama calentita y un submarino con chocolate doble y... ¿por qué hay mosquitos con este frío? Mosquitos polares... Esto no es trabajar, quiero volver a casa].

Diana mira a su alrededor y descubre una manada de formas amenazantes, inmóviles contra el piso. Ramas secas, pedazos de plástico viejo, tiras de caucho, cadáveres de un sinfín de ruedas pinchadas en la ruta desierta. Un poco más lejos, las sombras nítidas de algunos arbustos se recortan más negras que el fondo. Diana abre un ojo, después el otro y el mojón, negro y blanco -rojo, amarillo, fosforescente-, se mueve a la derecha y a la izquierda: Km 794. [La campera de Juan, la de la colimba... ésa tendría que haber traído. Este cuello no me tapa nada, lo único que me falta ahora es enfermarme... Pero me lo merezco, por débil, por boluda... Tendría que haberme quedado en Buenos Aires, estudiando para recibirme... Nunca voy a aprender a decir que no]. El ruido seco de los bolsos contra el baúl la lleva de nuevo hasta el auto, hasta las puteadas, los gritos cortos y las quejas murmuradas. Un simbólico minuto de silencio inicia el último tramo del viaje interminable.

16 septiembre 2005

3 / un faro blanco

Diana duerme a medias entre los apuntes mezclados sobre la cama, envuelta en una frazada y frente a las imágenes enmudecidas del televisor. Tiene que resolver cuatro ejercicios y no logra recordar los valores de la constante de la ecuación. Se le escurre el tiempo y sigue clavada en el mismo punto. "Cómo tarda Juani... vamos a terminar acostándonos a cualquier hora, y mañana...". Ni siquiera terminó de armar las valijas.

Ahora que ya no le sirven para nada se le ocurren todo tipo de motivos para rechazar el viaje. ¿Por qué tiene que salir justo ahora que había logrado organizarse para estudiar? Le falta una, una sola, desde el año pasado que trata de rendirla y siempre, a último momento, algo le arruina los planes. "¿Qué les cuesta dejarme estudiar? Un mes necesito, qué digo un mes, si no me jodieran tanto, si me dejaran estudiar quince días, si no me mandaran al culo del mundo...". Cada vez que piensa "viaje" le sube un enojo agrio que le quema la garganta. "¿Cuándo aprenderé a decirles que no? ¿No tenían otra? Se hubiera llevado a Nora, o a Paula... Pero no, ellas no quieren morirse de frío y mucho menos de embole... que vaya Dianita, total... todos me dicen lo que tengo que hacer". No importa lo firme que se ponga, al final, Eugenia siempre la convence. Y Beto también. "Vas a aprender lo que es laburar en serio, nena", le dijo enfrente de todos y Diana todavía tiembla al recordar esa mirada que parecía no terminar nunca de recorrerla. "Te mira y te desarma, como si supiera que todas se lo quieren curtir. Debe saberlo, algunas son tan obvias... Pero él parece no enterarse. O sí. Te mira y sabe que lo estás evaluando, y entonces te desnuda. No le importa nada, ni siquiera que Ezcurra se lleve a Eugenia a todos lados. Y después Juani me viene a contar de los locos del psiquiátrico, qué gente retorcida... No van a dejarme en paz... no quieren que me reciba... qué le pasa a Juani que no viene... no tienen ni la más mínima noción del tiempo... no tengo que darme manija...".

Juani le prometió que iba a llegar temprano pero ya son las once y media. La constante no aparece y Diana se está quedando dormida del todo. En su cabeza desfilan recuerdos como fotos que dan vueltas en una calesita sin respiro. El día que la presentaron en el laboratorio y todos la miraban sin disimular -Beto también-. Las chicas del CBC se vestían especial para las clases de él. En la fiesta de fin de año, cuando cambiaron parejas y Beto le apoyó la palma en la cola todo el tiempo que duró el lento. Juani no bailaba así con Eugenia. Fotos del laboratorio, él siempre se corre para dejarla pasar y a veces hasta le pega un pellizco repentino en la cintura. ¿Nadie se da cuenta? En todas las fotos, la mirada de Beto es el filo de un cuchillo implacable. Diana se despierta a medias cuando escucha las llaves. Juani a medianoche. Sigue escuchándolo en la cocina, en la heladera y en el baño. Ruidos de vasos, de vidrios, de agua, de cepillos. Pasos. Siente por fin en la cama el peso del cuerpo y los golpes de cada zapato contra el piso. Todo él se instala tibio entre las sábanas y las frazadas, mezclado con el aire frío del cuarto y del resto del mundo. Se estira para apagar el velador del lado de ella y le saca los papeles desparramados sobre la almohada.

-Llegaste...
-Uy, mi amor, te desperté, perdoname. Vení que nos abrazamos y seguís durmiendo.
-No, Juani, yo quería esperarte. ¡Cómo tardaste! ¿Cenaste? ¿Te preparo algo?
-No, ya comí en el hospital, mi amor. El único día que me quedo a dormir no quiero que cocines. ?Por eso quería esperarte, Juan. Quería despedirme pero vos te atrasaste...
-Y bueno... los chicos se agarraron a trompadas con el nuevo y tuve que ayudar a los de contención... Fue un día de mierda, todos el mundo alterado...
-¿Y por qué siempre te toca a vos? Vos no sos celador, Juan. Un día que te pido que te quedes conmigo...
-Es un psiquiátrico, Diana, con pacientes de riesgo. Cuando estalla una crisis los grandotes tenemos que estar disponibles, ¿cuántas veces te lo tengo que explicar...?
-Bueno, olvidate, no importa... ¿querés una aspirina, grandote? ¿Te duele la cabeza?
-Sí, traeme dos. No, mejor quedate acá. Vení que te abrazo. ¿Vos mañana salís muy temprano?
-Sí, Juanito. A las siete. Y todavía no terminé de preparar el bolso.
-Mejor dormite, Di. Vení, ponete acá, y nos dormimos los dos.

la torre esbelta, perfectamente blancaAdentro del abrazo de Juani, Diana sueña con una fragata de muchas velas gordas de viento. Los brazos de él son los listones salados que la sostienen en la proa. Toda su espalda descansa en el extremo de la nave y sus propias piernas se confunden hacia abajo entre tablas y escamas azuladas de una cola de madera. Los ojos tallados apuntan al agua que salpica su cuerpo de mujer y de pescado. Ni la velocidad del océano ni todo el viento que se divide a los lados de la cara logran perturbar su melena de sirena despintada.

Adelante, entre un borrón de rocas verdosas y espuma brilla la aguja del último faro, un cilindro sin luces que se recorta contra el cielo, una imagen que el agua devuelve en facetas. Diana sabe que no tiene que acercarse, pero una sirena sin voz no tiene encantos, y ella no puede modular ni un solo sonido de advertencia. Con la mirada revuelta, se figura la playa monótona en la que la única anécdota certera es el montículo de piedras donde se clava la torre esbelta, perfectamente blanca. Sabe que ahí, dentro de esas paredes curvas, están todas las respuestas que nunca va a conocer. La memoria incierta de la madera recupera imágenes huidizas, huellas de otros gritos, voces del faro, de otros, allá, antes. Amenazas. El sol apenas oblicuo de la mañana se proyecta implacable en los ojos ciegos del mascarón de proa, como la forma misma de su deseo.

09 septiembre 2005

2 / un faro de fuego

Con esfuerzo se van formando las imágenes violáceas del prado que siempre le sugiere la profesora de yoga. De costado, los brazos lejos y toda la panza descansando sobre la izquierda, Eugenia ocupa más de media cama, se concentra de a ratos y enseguida emergen los acordes dulces y sedantes. Pero Beto vuelve a girar y una ráfaga fría le pega en las piernas y la estremece, "otra vez va a querer tocarme", y el violeta se disuelve casi tan rápido como la música.

-Euge, Eugenia... ¿te dormiste?
-...
-Euge, contestame. ¿Estás enojada? Dale, si yo sé que no estás dormida...
-No, querido, no estoy dormida, pero debería estarlo. No quiero ni escucharte. Ya sabés que no.
-¿No qué?
-No nada, Beto. No quiero. No puedo coger. Me lo dijo el médico.
-Ese médico es un trucho... ¿No era que estaba todo bien? ¿No dice tu librito que se puede coger cuando el embarazo es normal?
-Sí, mi amor. Pero también dice que hay que consultar al médico cuando hay algo anormal o cuando el marido es un subnormal. Además, no quiero, no tengo ganas.
-Dale, Euge, juguemos al doctor. Yo soy un médico anormal y te autorizo a coger con el subnormal de tu marido. Dale, si vos sabés que mañana me voy y no te voy a joder por un mes...
-Basta, Beto, no me desconcentres. Estoy en armonía y no te voy a volver a contestar.
-Dale, un poquito...
-...
-Andate a la mierda, Eugenia.

Otro giro, otra ráfaga y enseguida el movimiento del cuerpo impaciente que se levanta, el costado opuesto que sube sin el peso de su otro ocupante, los talones definidamente masculinos contra el piso, más cama para ocupar con los brazos y las piernas y la panza, la puerta que resuena exagerada contra el marco, y por fin el silencio.

De a poco, la penumbra se llena de ruidos minúsculos, colores suaves, voces lejanas y fotos del laboratorio. Es difícil prever qué cosas pueden aparecer cuando se obliga a la cabeza a encontrar un camino que acabe forzosamente en el sueño. Los alemanes están interesados, dice Ezcurra que quedaron a tus pies, él te necesita en la Comisión, no van a poner un mango si no se aseguran que somos de primera línea, ¿viste cómo quedaron los papers?, si no tenés tranquilidad yo te la fabrico, Eugenia, acá, te necesito con todas las luces, tanta reunión me dejó de cama, y si Diana se va con ellos, vos vas a tener que darme una mano con las presentaciones, acá, ¿ves?, tengo el cuello hecho pelota, dale, ayudame, pedime lo que quieras. Quiero respirar, dulce y violeta, quiero dormir. Dormir sin más reclamos. Dormir un mes y despertarme para el parto.

es una torre de maderas oscuras curtidas por el viento arenosoEl sofá cama le queda corto y el colchón se hunde justo en el medio. Pero con la estufa llena de troncos el resplandor del fuego lo hipnotiza. Beto sueña que custodia el faro más alejado, el último de todos, aunque esta vez es distinto, es una torre de maderas oscuras curtidas por el viento arenoso, apenas más alta que los pocos árboles de la costa. Y arriba, sobre una plancha gruesa que tiene que limpiar antes de que traigan la carga de leña, brilla una fogata interminable que anuncia la frontera del mundo. No sabe por qué lo asignaron ahí, tal vez haya sido un castigo o quizás una recompensa. Sí sabe que su deber es custodiar la torre, cuidar la llama y advertir a los viajeros sobre los peligros de cruzar el borde. El resto del tiempo camina descalzo sobre la franja sin matices de piedras y arena grisácea adonde las olas acuden ya sin ruido, sin brillo tampoco. En la playa desierta, la voz de una mujer le llega antes que su figura, con el viento y junto al tumulto de nubes a sus espaldas. Ella se niega a escuchar las advertencias, pide la consigna para dejar atrás el faro y ofrece unos minutos de felicidad o placer a cambio. Él no quiere oír sus ruegos, no quiere que ella se acerque porque sabe que va a doblegarlo con la belleza de sus tonos. Tiene que apurarse, tiene que avisar a los superiores que una mujer está llegando al faro y quiere escapar del universo.

02 septiembre 2005

1 / un faro metálico

Eugenia suspira cuando, una vez más, Beto sacude las frazadas. Otro giro y una nueva ráfaga helada invade la cama. Ahora de espaldas, él entierra media cabeza en la almohada y mira al techo con el ojo de arriba. Unos dedos de luz que se cuelan por las persianas rayan las sombras y delinean los trazos de la nueva historia por escribirse, una historia en la que, ojalá, el frío sea sólo una de las excusas para el desborde.

Otro giro más. Los números rojos del despertador marcan la hora de una cita repetida con el insomnio. Desde que confirmaron el embarazo y su mujer le cortó los víveres, Beto no logra relajarse y dormir por más de dos horas. Y sin embargo hoy la ansiedad le gana al desconsuelo. "Y yo que creía que ya estaba demasiado viejo para las intrigas...". La penumbra del cuarto no logra disimular su sonrisa, por suerte Eugenia sigue de espaldas y los mellizos todavía no se despertaron. Parece mentira que el arreglo haya salido tan fácil, es increíble que todas las piezas ensamblen sin problemas y cuando se acerca el día y todo sigue en pie. Beto repasa las palabras de Ezcurra para asegurarse de que no se olvidó de ninguna: "tenés el Centro a tu disposición, Dolan, con todo el instrumental, te llevás a Ricciardi que la tiene clara y te va a solucionar cualquier inconveniente que se te cruce. Se instalan en mi casa y ni siquiera van a tener que ocuparse de limpiarla, ¿qué más querés? Si en treinta días no me traen el laburo y los ensayos completos los pongo a baldear pasillos, ¿estamos de acuerdo? ¿Necesitás algo más?". Nada, iba a contestarle, ¿qué más puedo querer que irme a la mierda justo cuando mi vida es un infierno? Nada, iba a decirle, pero justo una ráfaga de Diana se le coló por los ojos y a Beto le llovieron todas las fichas de golpe, "sí que quiero, quiero una mujer que me dé bola" y a sonrisa plena respondió, "De acuerdo, jefe. Pero con una condición. Quiero que el paquete incluya a Maldonado. Usted sabe que dos tipos solos necesitan una mujer que los organice".

Beto se da vuelta, las rayas de luz de un último colectivo le atraviesan la cara. En la calle, un perro desvelado grita una pesadilla de ladridos secos apenas matizados por un tono más agudo. Ocho roncos, un aullido, ocho roncos y así mil veces más, casi un concierto de animales mitológicos, perro hijo de puta, ¿cuánto tardará en ahogarse en su propio ladrido? ¿No se da cuenta que va a despertar a las bestias y me va a cagar la noche? ¿Qué pasa con Eugenia que no reacciona?

Otro giro, pero esta vez es sólo para fastidiarla. Sabe que ella no va a moverse ni a quejarse más que esos suspiros cada vez más espaciados. Los reproches simbólicos son lo único que le permite su panza de seis meses. Eso y deambular por el laboratorio amagando con ponerse a trabajar para que alguien, cualquiera, le recomiende que mejor no haga nada, que descanse. Ningún esfuerzo. Nada. Pensar que alguna vez fue la mejor, la que más garra le ponía, la única investigadora que cualquier capo quería en su equipo, la única de nivel internacional. La mina que todos querían levantarse pero sólo Beto se llevó a la cama y después al altar. El premio mayor. Hasta que se le ocurrió ser madre, y tuvo mellizos y encima se embarazó de nuevo.

Con el ataque maternal surgió la necesidad de contratar a alguien que empezara a tomar sus responsabilidades en el laboratorio. Diana era alumna de Eugenia, una de las buenas, el mejor culo de la facultad. Diana, Diana, Diana. Su perfil fue creciendo al mismo ritmo que la panza de Eugenia, ya nadie se lamenta de que Eugenia haya desplazado sus intereses a la familia. Sólo Beto. Sabe que no es normal lo que le pasa a su mujer, no puede serlo. ¿Por qué no se queja de que él se borre durante un mes? ¿No le afecta que se vaya con Diana? ¿No se supone que las esposas tienen que estar celosas de las compañeritas de trabajo de sus maridos? Pero Eugenia la trajo, Eugenia se encargó de entrenarla para el laburo y ahora se la entrega en bandeja. Porque nadie le va a sacar de la cabeza que fue ella la de la idea del viaje. A Ezcurra nunca se le ocurren buenas ideas, y menos cuando de poner guita se trata. En cambio Eugenia es muy capaz de convencerlo de que traslade lo más lejos posible a su marido demandante, sacárselo de encima por un mes para que la deje descansar tranquila, disfrutar de su embarazo y de sus hijos.

los pies descalzos de la mujer faro se hunden en el marEl rumiar de imágenes y frases lo adormece. Casi enseguida sueña con el último faro del universo, el primero y más alejado de todos. En los sueños uno junta puntas de recuerdos, como icebergs, algunos flotan más cercanos, otros olvidados. En el medio de la tormenta, la torre metálica del último faro es un cuerpo de mujer de piernas interminables, con un vestido negro que ni el viento que lo sacude logra conmover. La península larga se pierde adentro del agua, la mujer de la punta no parece estar aferrada a la costa. Es un faro solo, sin tierra ni arena ni asombro, sin más referencia que una línea imaginaria de olas perpendiculares a la orilla. Los pies descalzos de la mujer faro se hunden en el mar, un volumen incierto de pedazos de roca y espuma estridente. La melena apretada y luminosa gira alrededor de la cabeza lejana, demasiado chica para tantas piernas. La luz del faro contra la niebla ulula en lo oscuro como una jauría de perros atormentados.