-Gabi, ¿no te cansás de estar todo el día al pedo? A ver si te ponés un poco las pilas y ordenás este despiole...
-Ah, no sé, queridito, arréglense ustedes. Nosotros limpiamos ayer. Además, yo no soy sirvienta de nadie.
Lo bueno de estar en la luna es que las voces, los ruidos de la casa le llegan amortiguados, lejos. Como todas las mañanas, Leo no encuentra algo y Gabi no tiene intenciones de ayudarlo a buscar. Discuten a los gritos del cuarto a la cocina, al baño, al cuarto otra vez, mientras Beto protesta, no viajó hasta acá para tener los mismos quilombos que en su casa, y además se tragó el papel de jefe y no quiere llegar ni medio minuto tarde. Diana ni se mete, en unos pocos días aprendió a no escucharlos. Prepara el mate y trata de pensar en otra cosa, intenta ganar unos minutos del día para mantenerse en forma con el estudio. Pero, cuanto mayor es el esfuerzo por concentrarse, más incontrolable se le vuelve la dirección del pensamiento. Diana prepara el desayuno y divaga entre ideas, temas del repaso, razonamientos no muy útiles y notas mentales de lo que tiene que hacer. Se esfuerza por darle una lógica al rumbo de su cabeza, y sin embargo se le imponen los recuerdos, aunque ahora son distintos. Brotan cercanos como fotos gastadas de vacaciones viejas. Recientes, se remontan a un puñado de días y noches y aparecen involuntarios, sin intenciones de nostalgia de por medio. Los recuerdos se revelan y Diana no quiere pensar porque no quiere acordarse.
La mañana en el Marbella. Unas nubes transparentes opacaban el sol, todavía muy bajo como para levantar la bruma. El auto no arrancaba y encima olía a querosén. Gabi le echaba la culpa a Leo y lo amenazaba con el divorcio porque la ropa le iba a quedar con un olor espantoso. Mucho después se acercó el conserje para ayudar con la batería y recién entonces se enteraron de que estaban a sólo cincuenta kilómetros del final del viaje. Ya nadie protestaba cuando subieron al auto, sepultados debajo de todos los bolsos que no entraban en el baúl. Callados recorrieron los cuarenta minutos que separaban el Hotel Marbella de la ciudad. Y la cara de Beto, cualquier cosa menos inocente, dibujada en el espejo cada vez que Diana la buscó.
-Diana, ¿qué te pasa? Apurate con eso, querés.
Prepara el mate mecánicamente, con esos movimientos que ya ni se piensan. Como si anduviera en bicicleta, simplemente va secuenciando las acciones correctas que resurgen de la memoria. En los últimos días todo parece costarle demasiado, encontrar las cosas en la casa nueva, adaptarse al laboratorio, comunicarse con Juani, acordarse hasta de lo más obvio. Diana ni siquiera es capaz de decidir la cantidad de yerba que tiene que poner en el jarrito. Cierra la hornalla mientras sacude el mate, apretándolo contra la palma de la mano. Lo da vuelta con cuidado pero el jarro de Gabi se resiste a mantener el hueco para la bombilla. [No sé para qué me gasto con esta porquería si haga lo que haga el mate va a salir asqueroso igual. Tengo que comprar uno como la gente. No me tengo que olvidar].
Aquel primer desayuno, improvisado con los restos de las provisiones del viaje, inauguró una serie de sobremesas que se estiran cada vez más, hasta lo intolerable. Al principio, Leo se esforzaba por disimular la curiosidad, preguntaba cómo habían pasado la noche y se apuraba a contar que ellos habían dormido bárbaro. Y guiñaba el ojo, una vez, dos, diez. Gabi, en cambio, prefirió ser más directa, "dale Diana, contanos, ¿te trató bien este animal?" Y como Diana se hundía junto con su medialuna en el café apenas tibio, fue Beto el que contestó, con su cara más seria, "por supuesto que la traté bien. Qué te creés, apretamos toda la noche. ¿Y ustedes?" Después de un siglo en el que los ojos de Leo parecían escaparse por detrás de los lentes, estalló la risa y hasta Diana, asomando apenas por el borde de la taza, se animó a festejar. El "nosotros" y el "ustedes" se instaló como una complicidad tácita y desde entonces, la pareja de "nosotros" entablaría con la pareja de "ustedes" sordas negociaciones verbales en torno al avance del trabajo, a las tareas domésticas, o a discusiones que, con el correr de los días, se tornarían inevitables. Hasta una frase tan simple como "pasame el azúcar" derivaría en interpretaciones y dobles sentidos. A la noche es peor, comen temprano, de puro aburridos, y nadie quiere ser el primero en irse a la cama. Las sobremesas se estiran y el último café se alarga entre cargadas estúpidas y lugares comunes. Gabi y Leo nunca pierden oportunidad de pasar de los chistes a las ironías y hasta se animan a las puñaladas. Diana está harta de devolver chicanas como pelotitas de ping pong, pero Beto se presta, se deja vencer por las bromas. Consciente, porque todo es tan obvio que resulta absolutamente imposible. No pasó nada. No puede pasar nada. No va a pasar nada.

Son unas diez cuadras desde la casa hasta el laboratorio. Podrían ir caminando, si no fuera por el viento y porque siempre salen sobre la hora. No es que tengan un horario estricto ni siquiera hay alguien con más autoridad que Beto para controlarlos. Él es el empecinado en cumplir, dice que Ezcurra lo aprieta continuamente, que hay que mandar avances y resultados todas las semanas, que no tienen ningún margen para atrasarse. Cada mañana, en el auto, cinco o diez minutos hasta el laboratorio, Beto quiere que Diana viaje adelante y le cebe mate, entonces ella se sienta de costado para no darle la espalda a Leo, que asoma por el medio de los asientos, pero sobre todo para no perder de vista el mar, tan hipnótico como diferente a todos los mares conocidos. El mar la cautiva y Diana apenas participa en la conversación, reproduce las palabras en silencio pero no las entiende, no las alcanza. Asiste de memoria, los ojos siempre colgados del mar azul y verde, planicie de nubes, hechizo desmedido. Diana se pierde y el mar es la mejor forma de aplacar los recuerdos.
-¿Vas a seguir desnudándote así? -Beto se ríe y se acerca; los ojos, cualquier cosa menos inocentes.
-[¿Qué le tendría que haber contestado?] -Diana inmóvil, con el corpiño en la mano, tampoco puede frenar los brazos la boca que se aproximan. Retrocede.
-No vale, yo quiero ver. ¿Nunca me vas a mostrar nada?
-[¿Qué tendría que haber hecho yo?] -el abrazo se define y ella todavía no reacciona. No puede. Se deja empujar por la contundencia de un Beto demasiado desnudo, los cuerpos todo cerca que pueden estar sin tocarse, las rodillas quebradas contra el borde duro del colchón, la espalda sobre la cama. Retrocede.
-Me gustás mucho, nena. Vos y yo podríamos pasarla tan bien...
-[No podía decirle que sí] -pero Beto no tenía pensado ceder tan fácil. No la toca pero sigue ahí arriba, la tienta con los ojos y ella se deja.
-No, Beto, mejor no... Dale, Beto, salí, dejame.
Entonces él se levanta y, arriba las manos, muestra las palmas como los jugadores de fútbol cuando acaban de cometer una falta. Mientras termina de cambiarse, Diana quiere creer que lo peor ya pasó, que ya se acabó todo. Él no puede evitar proponerlo y por más tentador que resulte ella no puede decirle otra cosa que no. Ya se lo dijo y él entendió. Ahora se van a dormir y mañana será otro día, un día para empezar de cero. Mañana, si todavía es necesario, va a explicarle por qué no puede pasar nada entre ellos. Más tranquila, despejada, con el mar de frente, bien lejos del dormitorio. Y Beto va a entender, porque si no entiende, ella se va a ir a dormir abajo, al living, aunque sea un bochorno y se muera de frío. Ya se le va a ocurrir alguna excusa para meterle a los Gabis, cualquiera. Que la estufa la sofoca y a veces es medio asmática. Algo así.
Mañana, y mañana, y mañana, todos los días son iguales a cualquiera. El mate, las conversaciones vacías de un grupo que no tiene nada que los una, las bobadas de Gabi que preside la mesa imitando a Mirta Legrand. El trabajo que no afloja nunca, como tampoco lo hacen las quejas de Leo o las ínfulas de Beto. Los ojos de Beto. ¿Qué puede decirle? Mandarlo al frente es un incendio. Quién va a creerle, si todos saben que es un jodón. En cambio ella no tuvo ningún problema de meterse con él en el telo, y ahora comparten el cuarto, casi se desnuda a diario delante de él. ¿Cómo va a explicar todo eso? No puede contárselo a nadie, ¿quién va a creerle? Con el escándalo, la única que pierde es Diana. Pierde todo. "Ya fue. Él me entendió. No va a pasar nada". El mar permanente es la mejor forma de escaparse de esta rutina de acuerdos tácitos y territorios confusos. El lugar que les asignaron en el Centro tiene un ventanal que abarca la bahía completa. Cuando no quiere pensar, cuando los recuerdos se le imponen y los límites se borronean, cuando todo el Centro parece pendiente de ella detrás de los equipos, a través de las puertas que no ocultan nada, Diana trabaja con alguna porción automática de la cabeza, pero el resto, lo que le importa, anda perdido entre el mar, las nubes rápidas que transitan el vidrio y el pueblo que brilla en el fondo de la película. Bien lejos de la realidad que no quiere ni ver.
-Diana, no te puedo ver con eso puesto, me hacés acordar a mi abuela. Sacatelo, haceme el favor.
Diana se mira, aturdida, busca las respuestas adecuadas en el camisón pero no se decide a hacer nada.
-Mirá, nena, si lo que querés es ponerte algo para que yo no te vea, te presto mi remera. Pero sacate esa porquería. Ahora.
Diana esquiva y ataja la pelota blanda y gris que vuela hacia ella. La extiende, es una musculosa amplia, de tela casi transparente de tan gastada. La mira de adelante y de atrás, trata de imaginar cómo entrará su propio cuerpo ahí adentro. Es un trapito.
-¿Qué estás esperando, nena? ¿Que te la ponga yo? ¿Eso querés?
-Con esto me voy a morir de frío, Beto...
-Ponetela, Diana, acá no hace frío. La estufa está al mango.
De espaldas a Beto, Diana se cambia y recién cuando termina se permite pensar si todo esto es correcto. La remera es muy corta, cae apenas sobre los muslos y de arriba le sobran agujeros. No pasa nada, no va a pasar nada. Beto la sigue, "así está mejor, ¿te das cuenta? Mucho mejor". Cierra los ojos y de memoria se mete en la cama. Ya no le importa si Beto la mira o no cuando escucha el "chau, linda, hasta mañana". Prefiere inventarle finales a esta noche imposible y entonces ve como Beto se levanta y a latigazos en el pecho se acerca. Diana sabe que si él no afloja le va a ser cada vez más difícil sostener la negativa. Pero él no intenta nada, se queda muy quieto, tan al lado que su aliento la desespera. La mano llega después, despacio pero firme entra en el cuello, debajo de todo el pelo afloja, empuja el encuentro de las bocas, se abren al beso grande, a la invasión de los labios. Diana sonríe y se duerme, un nuevo secreto la arrulla, otra cosa más que no va a poder contarle a nadie.