2 / un faro de fuego
Con esfuerzo se van formando las imágenes violáceas del prado que siempre le sugiere la profesora de yoga. De costado, los brazos lejos y toda la panza descansando sobre la izquierda, Eugenia ocupa más de media cama, se concentra de a ratos y enseguida emergen los acordes dulces y sedantes. Pero Beto vuelve a girar y una ráfaga fría le pega en las piernas y la estremece, "otra vez va a querer tocarme", y el violeta se disuelve casi tan rápido como la música.
-Euge, Eugenia... ¿te dormiste?
-...
-Euge, contestame. ¿Estás enojada? Dale, si yo sé que no estás dormida...
-No, querido, no estoy dormida, pero debería estarlo. No quiero ni escucharte. Ya sabés que no.
-¿No qué?
-No nada, Beto. No quiero. No puedo coger. Me lo dijo el médico.
-Ese médico es un trucho... ¿No era que estaba todo bien? ¿No dice tu librito que se puede coger cuando el embarazo es normal?
-Sí, mi amor. Pero también dice que hay que consultar al médico cuando hay algo anormal o cuando el marido es un subnormal. Además, no quiero, no tengo ganas.
-Dale, Euge, juguemos al doctor. Yo soy un médico anormal y te autorizo a coger con el subnormal de tu marido. Dale, si vos sabés que mañana me voy y no te voy a joder por un mes...
-Basta, Beto, no me desconcentres. Estoy en armonía y no te voy a volver a contestar.
-Dale, un poquito...
-...
-Andate a la mierda, Eugenia.
Otro giro, otra ráfaga y enseguida el movimiento del cuerpo impaciente que se levanta, el costado opuesto que sube sin el peso de su otro ocupante, los talones definidamente masculinos contra el piso, más cama para ocupar con los brazos y las piernas y la panza, la puerta que resuena exagerada contra el marco, y por fin el silencio.
De a poco, la penumbra se llena de ruidos minúsculos, colores suaves, voces lejanas y fotos del laboratorio. Es difícil prever qué cosas pueden aparecer cuando se obliga a la cabeza a encontrar un camino que acabe forzosamente en el sueño. Los alemanes están interesados, dice Ezcurra que quedaron a tus pies, él te necesita en la Comisión, no van a poner un mango si no se aseguran que somos de primera línea, ¿viste cómo quedaron los papers?, si no tenés tranquilidad yo te la fabrico, Eugenia, acá, te necesito con todas las luces, tanta reunión me dejó de cama, y si Diana se va con ellos, vos vas a tener que darme una mano con las presentaciones, acá, ¿ves?, tengo el cuello hecho pelota, dale, ayudame, pedime lo que quieras. Quiero respirar, dulce y violeta, quiero dormir. Dormir sin más reclamos. Dormir un mes y despertarme para el parto.
El sofá cama le queda corto y el colchón se hunde justo en el medio. Pero con la estufa llena de troncos el resplandor del fuego lo hipnotiza. Beto sueña que custodia el faro más alejado, el último de todos, aunque esta vez es distinto, es una torre de maderas oscuras curtidas por el viento arenoso, apenas más alta que los pocos árboles de la costa. Y arriba, sobre una plancha gruesa que tiene que limpiar antes de que traigan la carga de leña, brilla una fogata interminable que anuncia la frontera del mundo. No sabe por qué lo asignaron ahí, tal vez haya sido un castigo o quizás una recompensa. Sí sabe que su deber es custodiar la torre, cuidar la llama y advertir a los viajeros sobre los peligros de cruzar el borde. El resto del tiempo camina descalzo sobre la franja sin matices de piedras y arena grisácea adonde las olas acuden ya sin ruido, sin brillo tampoco. En la playa desierta, la voz de una mujer le llega antes que su figura, con el viento y junto al tumulto de nubes a sus espaldas. Ella se niega a escuchar las advertencias, pide la consigna para dejar atrás el faro y ofrece unos minutos de felicidad o placer a cambio. Él no quiere oír sus ruegos, no quiere que ella se acerque porque sabe que va a doblegarlo con la belleza de sus tonos. Tiene que apurarse, tiene que avisar a los superiores que una mujer está llegando al faro y quiere escapar del universo.

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home