02 septiembre 2005

1 / un faro metálico

Eugenia suspira cuando, una vez más, Beto sacude las frazadas. Otro giro y una nueva ráfaga helada invade la cama. Ahora de espaldas, él entierra media cabeza en la almohada y mira al techo con el ojo de arriba. Unos dedos de luz que se cuelan por las persianas rayan las sombras y delinean los trazos de la nueva historia por escribirse, una historia en la que, ojalá, el frío sea sólo una de las excusas para el desborde.

Otro giro más. Los números rojos del despertador marcan la hora de una cita repetida con el insomnio. Desde que confirmaron el embarazo y su mujer le cortó los víveres, Beto no logra relajarse y dormir por más de dos horas. Y sin embargo hoy la ansiedad le gana al desconsuelo. "Y yo que creía que ya estaba demasiado viejo para las intrigas...". La penumbra del cuarto no logra disimular su sonrisa, por suerte Eugenia sigue de espaldas y los mellizos todavía no se despertaron. Parece mentira que el arreglo haya salido tan fácil, es increíble que todas las piezas ensamblen sin problemas y cuando se acerca el día y todo sigue en pie. Beto repasa las palabras de Ezcurra para asegurarse de que no se olvidó de ninguna: "tenés el Centro a tu disposición, Dolan, con todo el instrumental, te llevás a Ricciardi que la tiene clara y te va a solucionar cualquier inconveniente que se te cruce. Se instalan en mi casa y ni siquiera van a tener que ocuparse de limpiarla, ¿qué más querés? Si en treinta días no me traen el laburo y los ensayos completos los pongo a baldear pasillos, ¿estamos de acuerdo? ¿Necesitás algo más?". Nada, iba a contestarle, ¿qué más puedo querer que irme a la mierda justo cuando mi vida es un infierno? Nada, iba a decirle, pero justo una ráfaga de Diana se le coló por los ojos y a Beto le llovieron todas las fichas de golpe, "sí que quiero, quiero una mujer que me dé bola" y a sonrisa plena respondió, "De acuerdo, jefe. Pero con una condición. Quiero que el paquete incluya a Maldonado. Usted sabe que dos tipos solos necesitan una mujer que los organice".

Beto se da vuelta, las rayas de luz de un último colectivo le atraviesan la cara. En la calle, un perro desvelado grita una pesadilla de ladridos secos apenas matizados por un tono más agudo. Ocho roncos, un aullido, ocho roncos y así mil veces más, casi un concierto de animales mitológicos, perro hijo de puta, ¿cuánto tardará en ahogarse en su propio ladrido? ¿No se da cuenta que va a despertar a las bestias y me va a cagar la noche? ¿Qué pasa con Eugenia que no reacciona?

Otro giro, pero esta vez es sólo para fastidiarla. Sabe que ella no va a moverse ni a quejarse más que esos suspiros cada vez más espaciados. Los reproches simbólicos son lo único que le permite su panza de seis meses. Eso y deambular por el laboratorio amagando con ponerse a trabajar para que alguien, cualquiera, le recomiende que mejor no haga nada, que descanse. Ningún esfuerzo. Nada. Pensar que alguna vez fue la mejor, la que más garra le ponía, la única investigadora que cualquier capo quería en su equipo, la única de nivel internacional. La mina que todos querían levantarse pero sólo Beto se llevó a la cama y después al altar. El premio mayor. Hasta que se le ocurrió ser madre, y tuvo mellizos y encima se embarazó de nuevo.

Con el ataque maternal surgió la necesidad de contratar a alguien que empezara a tomar sus responsabilidades en el laboratorio. Diana era alumna de Eugenia, una de las buenas, el mejor culo de la facultad. Diana, Diana, Diana. Su perfil fue creciendo al mismo ritmo que la panza de Eugenia, ya nadie se lamenta de que Eugenia haya desplazado sus intereses a la familia. Sólo Beto. Sabe que no es normal lo que le pasa a su mujer, no puede serlo. ¿Por qué no se queja de que él se borre durante un mes? ¿No le afecta que se vaya con Diana? ¿No se supone que las esposas tienen que estar celosas de las compañeritas de trabajo de sus maridos? Pero Eugenia la trajo, Eugenia se encargó de entrenarla para el laburo y ahora se la entrega en bandeja. Porque nadie le va a sacar de la cabeza que fue ella la de la idea del viaje. A Ezcurra nunca se le ocurren buenas ideas, y menos cuando de poner guita se trata. En cambio Eugenia es muy capaz de convencerlo de que traslade lo más lejos posible a su marido demandante, sacárselo de encima por un mes para que la deje descansar tranquila, disfrutar de su embarazo y de sus hijos.

los pies descalzos de la mujer faro se hunden en el marEl rumiar de imágenes y frases lo adormece. Casi enseguida sueña con el último faro del universo, el primero y más alejado de todos. En los sueños uno junta puntas de recuerdos, como icebergs, algunos flotan más cercanos, otros olvidados. En el medio de la tormenta, la torre metálica del último faro es un cuerpo de mujer de piernas interminables, con un vestido negro que ni el viento que lo sacude logra conmover. La península larga se pierde adentro del agua, la mujer de la punta no parece estar aferrada a la costa. Es un faro solo, sin tierra ni arena ni asombro, sin más referencia que una línea imaginaria de olas perpendiculares a la orilla. Los pies descalzos de la mujer faro se hunden en el mar, un volumen incierto de pedazos de roca y espuma estridente. La melena apretada y luminosa gira alrededor de la cabeza lejana, demasiado chica para tantas piernas. La luz del faro contra la niebla ulula en lo oscuro como una jauría de perros atormentados.