8 / un faro rojo
La herencia de tres generaciones de hoteleros patagónicos le dio a Pedro Marbella el olfato necesario para comprar una franja de desierto en plena ruta, a cuarenta minutos de la ciudad, y convertirlo en el hotel preferido de la mayoría de los amantes de la zona. Empezó con un motel chiquito, atendido por la familia, pero diez años después, con el negocio en su mejor momento y el hijo mayor recién recibido de arquitecto, Pedro decidió modernizar el edificio y equiparlo con las últimas tendencias en la materia. En el circuito de rumores no se oyen más que alabanzas a cada una de las ideas "tan originales" que implementó el Joaquín, las ambientaciones de las suites más caras, pero sobre todo el diseño de los baños, unos cubículos vidriados que permiten una panorámica de lujo desde la cama. Pero pocos saben, y menos aún son los que atreven a confesarlo, que las mejores ideas fueron copiadas de las mismas películas que pasa el hotel, una suerte de "haga realidad sus fantasías" proyectada por el nene. Así y todo, la propaganda de boca en boca y las mejoras dieron sus frutos y la clientela aumentó tanto que, viendo la cola de autos en el camino de entrada, los Marbella se ilusionan con duplicar el número de habitaciones antes de la próxima temporada alta. Después de todo, la ciudad sigue creciendo y todos saben que, en la Patagonia, cuarenta minutos en coche son un suspiro.
* * *
[Si le pido que duerma en el piso, quedo como una tonta. Si lo hago yo, me muero de frío... Para eso me quedaba en el auto.]
Con la espalda apoyada en la puerta, Diana recorre la habitación número cinco del Hotel Marbella deteniéndose en cada detalle. Si no tuviera que pasar la noche ahí, si no fuera que tiene que compartir la cama con Beto, hasta podría reírse de su situación. Parece una cargada, sí, pero es la pura verdad. Salió de vacaciones con Juani, se fueron solos a Córdoba, estuvieron en varios hoteles, pero nunca en uno con espejos, con luces, con un baño de vidrio. Definitivamente es una cargada entrar así por primera vez aun telo.
[No tengo miedo, no puedo tener miedo. No tengo que hacerme el bocho].
Mientras tanto, Beto termina de ducharse y se acerca con la toalla ajustada a la cintura. "Ya tenés el baño", le dice, y Diana preferiría no tener que hacerlo pero sabe que tiene que sacarse todo el día de viaje de encima. Un vértigo le inunda la cabeza, le opaca la vista y demora sus movimientos. De espaldas a la cama, se saca los abrigos, los pantalones y empieza a desabrochar el corpiño por debajo de la camisa, esa maniobra que aprendió en tantas vacaciones donde compartió habitación con su hermano mayor. Una acción que viene temiendo y esperando desde que Beto dijo "Diana y yo nos quedamos con la cinco".
-¿Vos siempre te desnudás así?
[¿Qué le importa a él cómo me desvisto?]
Inmóvil, con el corpiño en la mano, Diana no sabe qué contestarle. Prefiere ignorarlo y meterse en la ducha para terminar de desnudarse en el amparo dudoso de los vidrios esmerilados.
-No vale, yo quiero ver. ¿No me vas a mostrar nada?
Siempre de espaldas, Diana confía que el agua muy caliente la bañe, arrastre el cansancio del viaje, el fastidio, las dudas y le apague el vértigo que todavía le late en la cabeza. Quiere dejar de pensar, quiere dormirse, quiere que todo se acabe. Entre los borbotones de vapor, registra en el espejo los movimientos del cuarto y no apaga la ducha hasta que comprueba que Beto ya está acostado. Sale del baño en camisón y corre a la cama, con la esperanza de que él no la esté mirando.
-Esto es injusto, nena. ¿Siempre dormís con sotana? ¿No se te enredan las piernas?
[¿Qué le importa cómo duermo?]
Diana dudosa se mira el camisón largo, grueso y descolorido. Otra vez no sabe qué contestar. Tampoco sabe si tiene que reírse.
-No... es de mi vieja. Yo...
-¿Vos qué?
-¿Podrías dejar de reírte como un tarado?
-No, no puedo. Contestame, ¿vos qué?
-Nada, es una pavada...
-No importa, dale, contame, ¿vos qué?
-No seas pesado, Beto. A vos no te importa si yo duermo con ropa o sin ropa.
-Ah, era eso... No me parece ninguna pavada.
[Yo soy la tarada, ¿Por qué tengo que contestarle? ¿Por qué tiene que preguntarme todo?]
Entonces él se da vuelta y ella aprovecha para meterse en la cama. Tiembla al contacto con las sábanas calientes, es el primer instante de placer después de todo el viaje... pero está Beto. Tiembla al acordarse y se acomoda bien en el borde, sigue dándole la espalda a la figura incierta de su compañero, que en un instante vuelve a girar, como si estuviese dormido, y le apoya una mano en la cintura. Otro temblor la recorre pero la mano no avanza y Diana se esfuerza por serenarse. Es una noche, piensa, una sola. Mañana voy a tener una cama para mí solita. Aquieta la mirada en la raja de luz más amarilla que entra por debajo de la puerta y se deja arrullar por el silbido del viento que atraviesa las ventanas. Sin pensar más en los ruidos extraños, en las manos invasoras, trata de dormirse pensando en los sueños de los últimos días, en la atmósfera extraña y espesa que presiente cada vez que cierra los ojos. Sabe que algunos paisajes, algunos objetos, algunos escenarios tienen que ver con ella, como si le pertenecieran. No, mejor, como si le correspondieran, aunque no logre entender por qué. La escalinata de mármol que termina en la playa sucia, ese mar marrón en la media luz de la tarde, los faros siempre distintos tienen que ver con ella, sin duda. No sabe bien cómo expresarlo, no es exactamente así, pero es algo parecido, algo ambiguo, impreciso. Las explicaciones no reflejan lo que sueña, más bien lo opacan, lo empequeñecen. Diana sabe que algo valioso se le está escurriendo, como los sueños al borde de la vigilia. Puede verlos, al alcance de la mano, pero sabe que ya no estarán ahí cuando abra los ojos. Puede ver claramente el faro rojo en la punta opuesta de una playa interminable. A cada paso, la arena gruesa se traga sus pies hasta más arriba del los tobillos. El cielo impecable se transforma en noche, Diana no avanza y el faro no se enciende. Los sueños -algunos- son un espejismo.

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