6 / marbella
Si la ruta fuera el espacio exterior, viajarían a la velocidad de la luz en una cápsula presurizada con rumbo a la Estación Espacial Omega. Entonces, los mojones serían asteroides que marcan el camino correcto; los carteles amarillos, advertencias de ataque y cualquier otro evento que perturbara la oscuridad completa del cosmos se convertiría en un indicio de naves enemigas que deberán ser abatidas con el cañón de plasma. Como el Capitán Beto ha prohibido que manejen las mujeres pero tampoco tienen intenciones de agarrar el volante, Leo sigue al mando de los controles y, mientras los otros tripulantes duermen "a mandíbula batiente", él trata de ingeniárselas para combatir la modorra. Si al menos tuviera una radio para recibir las instrucciones de la base terrestre... Paciencia, un buen comandante debe sobreponerse a la adversidad y, sobre todo, estar atento al peligro que acecha cuando empiezan a zumbar los oídos, porque una sola distracción puede producir un desvío de las coordenadas, y nadie soportaría una tragedia, mucho menos él. "Hora de chequear los instrumentos", se le escapa en voz alta, pero nadie lo escucha. Combustible okey, temperatura normal, batería cargada, agujita indeterminada estable, velocidad crucero... ¿Cuántos años luz tendremos que recorrer todavía? No logra recordar cuándo pasaron el último satélite... "¿para qué tengo tres co-pilotos si ninguno es capaz de confirmarme una información tan elemental? Zánganos, son todos unos ineptos... atento, comandante, el radar detecta una presencia alienígena, se inicia secuencia de exploración...". Leo se empuja los lentes sobre la nariz para enfocar el fantasma amarillento que brilla en medio del parabrisas. De a poco, las formas nebulosas van modelando letras que flotan en la oscuridad compacta de la ruta: "Motel Marbella, 10 Km".
-Gente, a despertarse... Encontré un hotel, ¿me escuchan? Dale, Beto, reaccioná, ¿qué te parece si hacemos noche acá y seguimos mañana?-No paremos, viejo, quiero llegar... ¿Cuánto falta?
-No sé, che, no tengo ni idea. Pero es muy fácil decir "no quiero parar" cuando estás durmiendo lo más pancho... Yo también quiero un pecho que me acobije... Estoy podrido de manejar...
-Yo también estoy podrida, papuchi, ya me duelen todas las piernas...
-Dale, Beto, no doy más, me duermo... Quiero parar, mi mujer quiere parar y Diana seguro que también quiere. Además, cuando lleguemos la casa va a estar helada, no vamos a tener comida y hasta las camas vamos a tener que hacer... En cambio si nos quedamos en el Marbella, podemos cenar algo, dormimos cómodos y calentitos y mañana, bien temprano, desayunamos como la gente y seguimos viaje, dale, ¿qué decís? ¿Paramos?
-Hagan lo que quieran, pero después no se quejen.
La entrada del motel brilla entre las sombras espesas de un insólito grupo de árboles. Más árboles y plantas rodean un camino largo y curvo que desemboca en el estacionamiento, una hilera de cubículos en la que se adivinan unos pocos autos. El viento sacude las lonas y juega a hacer figuras de ramas y luces amarillentas. Un cartel de números rojos les indica la habitación cinco de la izquierda.
-¿Qué es este lugar?, ¿dónde me trajiste, papuchi? Este hotel parece uno de esos...
-¿Y qué esperaban en el medio de la ruta, giles? ¡¿El Sheraton?!
-Nos están dando una sola habitación. No podemos quedarnos acá...
-¿No te morías de sueño, macho? ¿No querían parar a toda costa? Acá tienen un hotel... ¿qué más quieren? Diana y yo nos quedamos con la cinco y ustedes van a la conserjería y piden otra más.
-¡Beto!
-Estamos en un telo, nena, no te van a dar una pieza para vos solita. Además ya lo dijo Leo, quién sabe cuánto falta, la casa está helada, no tenemos nada para comer...
-Pero...
-Beto, esto es muy raro...
-Más raro va a ser que yo entre con vos, y Diana se quede con tu mujercita. Te lo aseguro, pibe. ¿Vamos, Dianita?
-Beto... yo...
-Mirá, nena, no me rompás vos también. Si tenés algún problema quedate en el auto y cagate de frío. Yo ahora lo único que quiero es dormir. Ya tengo los huevos repletos con todo este asunto.
Diana lo sigue por la galería amarillenta como si viajara por un túnel en el que retumban los ecos de voces extrañas, gritos opacos y una música indeterminada que se escucha más nítida delante de las puertas. Otra vez su cabeza es una caja vacía de paredes acolchadas, pero ahora es la voz de Gabi la que empuja, "oíste eso, papuchi, son jadeos... este hotel es un conventillo... ¿cómo vamos a dormir acá?". Caminan hasta la puerta cinco sin mirarse, Diana avanza cada vez más despacio, ¿cómo vamos a dormir acá? Leo grita un portensébien por encima del murmullo de su mujer, Beto abre la puerta y la espera para dejarla pasar primero. ¿Cómo vamos a dormir? Adentro de la habitación enrojecida, Diana sabe que perdió la última oportunidad de salir corriendo.

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