5 / un faro invisible
Beto habla de costado, en ese tono grave que se confunde con el zumbido del motor. Leo maneja concentrado en la doble línea amarilla. Debajo de dos camperas, Gabi duerme hecha un ovillo y la cabeza le rebota suavemente en el borde de la ventanilla. Diana fija la mirada en el hueco entre los cuerpos que se sacuden al ritmo del viaje. Beto sigue hablando, pero ella no lo entiende o no lo escucha. A sus oídos sólo llegan palabras despedazadas, fragmentos de oraciones que entran y salen como el aire en los pulmones. Diana no logra retener ni una sola frase coherente. La mente alberga ideas que en algún momento comienzan a golpear contra la cabeza. La cabeza de Diana es una caja vacía, el interior confuso de una habitación de paredes acolchadas. Diana empuja inútilmente los muros que se cierran, atronadores, se acercan rápido, el ruido crece, se transforma en gritos, en la voz de Beto que la sacude.
-Eh, Diana! ¿Me oís? Che, ¿estás dormida?
-Eh? No... ¿Qué decías? No te oí... me muero de sueño.
-Querés apoyarte en mi hombro?
-No, dejá, estoy bien así.
-Bueno, entonces me apoyo yo.
Beto baja la cabeza hasta el hombro de Diana. Con cada sacudida del auto, golpea contra el hueso. Rebota, intermitente, se desliza. En el aire oscuro del asiento de atrás su mejilla frena justo en los pechos de ella. Despacio, Diana lo sube, lo acomoda, arriba, pero el vaivén vuelve a deslizarlo, abajo. "No es nada", se promete ella, "está dormido". Busca en el espejito pero Leo no los está mirando. "Soy yo que me doy manija". Diana vuelve los ojos para dejar de pensar en Beto. En la ventanilla tiembla una luz a lo lejos. Sólo una luz, unos centímetros arriba del horizonte, primero tenue, luego más nítida, después deslumbrante hasta apagarse del todo. Un instante después vuelve a empezar, una y mil veces. Abajo, el resto del faro invisible detrás de la noche. Diana tiene frío, Beto pesa en el hombro y en el pecho. En la cabeza. Trata de dormirse, quiere sentir el aliento pausado del otro pero no lo alcanza. Tiene los pies helados y el cuello duro. En su mente busca algo, a alguien, cualquier cosa que la aleje de ese auto sin calefacción y lleno de mosquitos, del tipo que tiene encima y que ni siquiera puede darle un poco de calor. Piensa en Juani, si cierra los ojos puede verlo, es una foto del verano pasado, en la playa. Diana tiene ganas de llorar, cierra los ojos con fuerza, más fuerte que antes, para borrar todas las imágenes. Entonces juega a que está dormida, a que no puede controlar lo que sueña.Sube por una playa pedregosa y desierta mientras escucha el timbre repetido de una sirena. Sabe que es una nena, la última sobreviviente de un naufragio, esperando que la rescaten. La tarde ilumina por separado algunas gotas de arena gris, que empiezan a brillar en el suelo, entre las piedras mojadas. A lo lejos, la silueta oscura de un hombre la vigila. Es alto, de espalda fuerte, unas vestiduras pesadas lo cubren por completo. Diana sonríe y baja la cabeza para que él no le vea la boca. Como trapos deshilachados, la bruma abre y cierra las figuras indefinidas que se ven contra el fondo, empañando los muros atropellados por las olas, la escalinata inconclusa. Cuando finalmente él se acerca, ella ve sólo los huecos negros de los ojos. En silencio, la levanta y la lleva contra su pecho, sin esfuerzo. Respira contra su cuello un aliento cargado de restos de mar.
-Voy a dejarte en el faro.
La sonrisa de la nena sube por el cuello del hombre, abre la boca, muerde, destroza, arranca la cabeza del farero como si fuera un muñequito de azúcar, la escupe lejos y mira a la distancia. En la noche que comienza suena la luz de un faro, como diez mil sirenas. Diana sabe que es sólo un sueño, pero quiere quedarse con los jirones de la historia en las manos, quiere tener delante de los ojos el agua quieta y marrón que parece retirarse y no avanzar, la escalinata de mármol, la barranca ahora difusa y, más lejos, el faro invisible. Los restos de árboles ennegrecidos, contra la orilla, sobresalen apenas del agua, como tiras de caucho, como recuerdos.
El silencio vuelve a ser una masa pegajosa que los envuelve y los aísla. No se oye nada, ni el susurro de las respiraciones, ni las voces, ni siquiera el motor del coche que sigue rompiendo la ruta. Diana no sueña. Tiene frío y ya no tiene ganas de llorar. Hunde sus manos entre sus piernas y encuentra las manos calientes de Beto.
Beto no duerme, no quiere dormirse nunca. Se apoya desparrama contra Diana, quiere que ella sienta el peso de su cuerpo su cabeza. Entrecierra los ojos a la oscuridad que llena los vidrios fríos. Quiere imaginar que viajan por una estepa helada, envueltos en pieles espesas, en un vehículo que se desliza sin ruido sobre la nieve. Quiere imaginar en las palmas de las manos las pieles de los abrigos, la de ella, su propia piel contra la ajena. Entreabre los ojos a la oscuridad. Quiere que Diana sea rubia, que esté llorando, que le pida amor de muchas formas, que se moje entre las piernas cuando él meta sus manos entre todas las pieles.
Beto no mira a Diana. Sus ojos abiertos van fijos en la ventanilla negra apenas salpicada de puntitos brillantes. En el faro invisible que se prende y se apaga, una y mil veces. Las manos frías de ella se mezclan entre las suyas.

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