16 septiembre 2005

3 / un faro blanco

Diana duerme a medias entre los apuntes mezclados sobre la cama, envuelta en una frazada y frente a las imágenes enmudecidas del televisor. Tiene que resolver cuatro ejercicios y no logra recordar los valores de la constante de la ecuación. Se le escurre el tiempo y sigue clavada en el mismo punto. "Cómo tarda Juani... vamos a terminar acostándonos a cualquier hora, y mañana...". Ni siquiera terminó de armar las valijas.

Ahora que ya no le sirven para nada se le ocurren todo tipo de motivos para rechazar el viaje. ¿Por qué tiene que salir justo ahora que había logrado organizarse para estudiar? Le falta una, una sola, desde el año pasado que trata de rendirla y siempre, a último momento, algo le arruina los planes. "¿Qué les cuesta dejarme estudiar? Un mes necesito, qué digo un mes, si no me jodieran tanto, si me dejaran estudiar quince días, si no me mandaran al culo del mundo...". Cada vez que piensa "viaje" le sube un enojo agrio que le quema la garganta. "¿Cuándo aprenderé a decirles que no? ¿No tenían otra? Se hubiera llevado a Nora, o a Paula... Pero no, ellas no quieren morirse de frío y mucho menos de embole... que vaya Dianita, total... todos me dicen lo que tengo que hacer". No importa lo firme que se ponga, al final, Eugenia siempre la convence. Y Beto también. "Vas a aprender lo que es laburar en serio, nena", le dijo enfrente de todos y Diana todavía tiembla al recordar esa mirada que parecía no terminar nunca de recorrerla. "Te mira y te desarma, como si supiera que todas se lo quieren curtir. Debe saberlo, algunas son tan obvias... Pero él parece no enterarse. O sí. Te mira y sabe que lo estás evaluando, y entonces te desnuda. No le importa nada, ni siquiera que Ezcurra se lleve a Eugenia a todos lados. Y después Juani me viene a contar de los locos del psiquiátrico, qué gente retorcida... No van a dejarme en paz... no quieren que me reciba... qué le pasa a Juani que no viene... no tienen ni la más mínima noción del tiempo... no tengo que darme manija...".

Juani le prometió que iba a llegar temprano pero ya son las once y media. La constante no aparece y Diana se está quedando dormida del todo. En su cabeza desfilan recuerdos como fotos que dan vueltas en una calesita sin respiro. El día que la presentaron en el laboratorio y todos la miraban sin disimular -Beto también-. Las chicas del CBC se vestían especial para las clases de él. En la fiesta de fin de año, cuando cambiaron parejas y Beto le apoyó la palma en la cola todo el tiempo que duró el lento. Juani no bailaba así con Eugenia. Fotos del laboratorio, él siempre se corre para dejarla pasar y a veces hasta le pega un pellizco repentino en la cintura. ¿Nadie se da cuenta? En todas las fotos, la mirada de Beto es el filo de un cuchillo implacable. Diana se despierta a medias cuando escucha las llaves. Juani a medianoche. Sigue escuchándolo en la cocina, en la heladera y en el baño. Ruidos de vasos, de vidrios, de agua, de cepillos. Pasos. Siente por fin en la cama el peso del cuerpo y los golpes de cada zapato contra el piso. Todo él se instala tibio entre las sábanas y las frazadas, mezclado con el aire frío del cuarto y del resto del mundo. Se estira para apagar el velador del lado de ella y le saca los papeles desparramados sobre la almohada.

-Llegaste...
-Uy, mi amor, te desperté, perdoname. Vení que nos abrazamos y seguís durmiendo.
-No, Juani, yo quería esperarte. ¡Cómo tardaste! ¿Cenaste? ¿Te preparo algo?
-No, ya comí en el hospital, mi amor. El único día que me quedo a dormir no quiero que cocines. ?Por eso quería esperarte, Juan. Quería despedirme pero vos te atrasaste...
-Y bueno... los chicos se agarraron a trompadas con el nuevo y tuve que ayudar a los de contención... Fue un día de mierda, todos el mundo alterado...
-¿Y por qué siempre te toca a vos? Vos no sos celador, Juan. Un día que te pido que te quedes conmigo...
-Es un psiquiátrico, Diana, con pacientes de riesgo. Cuando estalla una crisis los grandotes tenemos que estar disponibles, ¿cuántas veces te lo tengo que explicar...?
-Bueno, olvidate, no importa... ¿querés una aspirina, grandote? ¿Te duele la cabeza?
-Sí, traeme dos. No, mejor quedate acá. Vení que te abrazo. ¿Vos mañana salís muy temprano?
-Sí, Juanito. A las siete. Y todavía no terminé de preparar el bolso.
-Mejor dormite, Di. Vení, ponete acá, y nos dormimos los dos.

la torre esbelta, perfectamente blancaAdentro del abrazo de Juani, Diana sueña con una fragata de muchas velas gordas de viento. Los brazos de él son los listones salados que la sostienen en la proa. Toda su espalda descansa en el extremo de la nave y sus propias piernas se confunden hacia abajo entre tablas y escamas azuladas de una cola de madera. Los ojos tallados apuntan al agua que salpica su cuerpo de mujer y de pescado. Ni la velocidad del océano ni todo el viento que se divide a los lados de la cara logran perturbar su melena de sirena despintada.

Adelante, entre un borrón de rocas verdosas y espuma brilla la aguja del último faro, un cilindro sin luces que se recorta contra el cielo, una imagen que el agua devuelve en facetas. Diana sabe que no tiene que acercarse, pero una sirena sin voz no tiene encantos, y ella no puede modular ni un solo sonido de advertencia. Con la mirada revuelta, se figura la playa monótona en la que la única anécdota certera es el montículo de piedras donde se clava la torre esbelta, perfectamente blanca. Sabe que ahí, dentro de esas paredes curvas, están todas las respuestas que nunca va a conocer. La memoria incierta de la madera recupera imágenes huidizas, huellas de otros gritos, voces del faro, de otros, allá, antes. Amenazas. El sol apenas oblicuo de la mañana se proyecta implacable en los ojos ciegos del mascarón de proa, como la forma misma de su deseo.