11 noviembre 2005

11 / fast forward

Beto no duerme. Retiene las huellas de Diana en el cuerpo tenso y agotado, intenta extender las migas de placer como una crema que se multiplica sobre la piel, imaginando que fue como la gloria, pero no le alcanza. No puede dormir, no quiere pensar en nada más. Y tampoco quiere saber por qué.

Ella respira pausado. Beto la ve agitarse en temblores imperceptibles mientras sigue durmiendo. Se ve abrazándola, cada una de sus manos en los pechos de ella. Recibe el ritmo dormido del aire que entra y sale de sus pulmones. La mira y no puede pensar. Cierra los ojos para sujetar su figura.

Estrangula el abrazo. Ya no le importa lo que pasa en su cabeza y deja rodar las imágenes, sin reparos. No queda aire entre los cuerpos. Ve cómo sus manos hacen circular los pezones que se vuelven dóciles entre sus dedos. Por la espalda de ella se pierde una mueca ambigua, la piel se ensancha. Se ve comandando el cuerpo inerte que tiene entre los brazos -es mucho más fácil dominar lo ajeno que lo propio-.

Un rumor salado le invade la cabezaSabe muy bien lo que quiere: quiere a Diana para parar la locura. La ve dormir y sin embargo sabe que la quiere, abierta y llorando. Quiere que pida. Entonces asfixia con fuerza sus brazos contra los pechos y ahoga una queja muda. A través de sus párpados, quiere verla sacudirse, nítida e inmóvil bajo su peso.

Hace coincidir los dedos con las manchas gruesas, azuladas, que empiezan a surgir de la blancura. Un rumor salado le invade la cabeza. La boca se le llena de Diana, como si se llenara de arena. Ahora entra en ella desde la nuca, y el cuerpo que se retuerce sigue recto, paralelo al suyo.

Hunde otra vez las manos en los pechos y muerde la carne con los labios apretados. Diana sangra entre sus dientes. Siente los trozos de piel desintegrándose, la espalda que aúlla, ella que grita, él que la aplasta contra la cama. Con un gesto sordo, arremete contra el cuerpo dormido que pide más. Insiste. Adivina el trazo opaco de la sangre bajo la nuca. Un brillo metálico sujeta las manos contra la cama. Las muñecas se estiran, se rinden a su fuerza. Sabe que Diana no puede frenar la avalancha del cuerpo ajeno e incrusta la almohada sobre su cabeza húmeda, para escuchar las últimas bocanadas de aire entre los gritos. Él también quiere gritar, pero abre los ojos a la oscuridad del cuarto.

Diana duerme, paralela a su cuerpo todavía, la respiración pausada, la cara serena.

Beto recompone el abrazo y se duerme sabiendo que ya nada le alcanza.