28 octubre 2005

9 / rewind

Le gusta mucho. Más de lo que él quisiera. Pero lo vuelve loco que no se dé por enterada de nada. Lo peor es que ella no reacciona con las cosas que pasan a su alrededor. Uno podría asesinar a la familia en su presencia y ella sólo miraría, apenas interesada. Miraría mucho, durante un rato largo y, quizás, después preguntaría "¿Te sentís mal?". Como esa vez en que lo sorprendió cuando saboreaba los pechos de Julia, la ayudante de Bacteriología, que lo desvelaban desde principios del cuatrimestre. Ella se había quedado mirándolos sin asombro, sin censura tampoco, y entró como si nada a buscar en el archivo. "¿Qué?, ¿acaso a vos no te gustan las caricias?", preguntó él, acercándose, mientras Julia desaparecía con la camisa a medio abotonar. Ella no le contestó, y siguió apilando carpetas cuando él le puso una mano sobre el hombro, la dio vuelta y a los ojos le repitió la pregunta: "Dale, decime ¿a vos no te gusta que te franeleen?".

Le gusta mucho, desde antes. Y le gusta porque no contesta enseguida. Tampoco pregunta, ni cuestiona. Sólo hace lo que le piden y no se detiene a pensar si está bien o está mal, si es justo o no, si sirve para algo. A lo sumo, mira con sus ojos inquietos, con una curiosidad difusa, como despegada de las personas. Aquella vez de Julia, ella siguió escuchando, serena, sus preguntas: "¿Qué son un par de caricias? ¿Vale la pena hacer un escándalo por tan poco? ¿Te parece mal? Si algo te tienta, tenés que agarrarlo... digo, mucho peor sería dejarlo pasar ¿no te parece? En una situación así, ¿vos que harías?" Su cara impasible excita la propia curiosidad. ¿Por qué ella nunca opina? ¿Por qué siempre se toma un tiempo para pensar antes de hablar? ¿Por qué mira mientras tanto, como preguntando, como provocando, pero en silencio? Diana nunca hace preguntas.

una playa infinita de arena gruesaUna playa infinita de arena gruesa que trepa hasta más arriba de los tobillos. El sol despiadado tiñe de blanco los contornos de los médanos pero el mar es demasiado amenazador como para animarse a buscar el alivio del agua. Cada ola golpea con fuerza contra la orilla y, por un instante, descubre un abismo de piedras y espuma. A lo lejos, un faro rojo marca el final del desierto y las dudas. El día se extingue pero el faro no muestra intenciones de encenderse.

Diana se despierta sola en una cama desconocida. Una luz intensa le apuñala los ojos. Por detrás de la bruma que le adormece los gestos, por encima de un rumor de agua, alguien canta "O sole mío" y los recuerdos vuelven en cascada. El sueño que parecía inalcanzable, el hotel, el auto, el viaje, el trabajo, la facultad. Y Beto, atravesándolo todo como una playa perpetua. Desde el principio que la intriga este hombre que parece reírse de todo, que salta por cualquier cosa pero no se preocupa por nada, ni porque lo manden lejos a apagar los incendios del trabajo, ni por su situación estancada en el laboratorio, ni por ser un subordinado de su mujer, ni siquiera por los rumores que la involucran a ella con su jefe. Y claro, él no es un santo, pero Eugenia tampoco se preocupa. Le gusta, claro que le gusta ese hombre de ojos dulces y sonrisa fácil, de espalda ancha y palabras tentadoras, que le hace acordar tanto al profesor de historia del que se había enamorado perdidamente en el final de la secundaria. A veces, cuando trabajan juntos en algún informe, se deja llevar por la fantasía de un par de centímetros menos entre sus brazos, un roce que perdure, que se haga caricia de manos fuertes, que siga. Diana se deja llevar porque sabe que es imposible, pero se tienta. Ella sabe que los dos saben que es imposible, pero él no se pierde una sola oportunidad de desafiarla. Y a Diana la tienta, le gusta que Beto la mire como diciendo "¿qué pasaría si...?" Beto la tienta desde hace mucho. A pesar de Eugenia, a pesar de Juan, a pesar del trabajo, a pesar de todo. Por eso está dispuesta a aferrarse a cualquier excusa que la ayude a justificarse. Sabe que lo que le pasa no está bien, pero también sabe que no puede negarse. No quiere negarse. Quiere saber a dónde llega, en qué faro termina la playa.

Diana se despierta sin certezas.

21 octubre 2005

8 / un faro rojo

La herencia de tres generaciones de hoteleros patagónicos le dio a Pedro Marbella el olfato necesario para comprar una franja de desierto en plena ruta, a cuarenta minutos de la ciudad, y convertirlo en el hotel preferido de la mayoría de los amantes de la zona. Empezó con un motel chiquito, atendido por la familia, pero diez años después, con el negocio en su mejor momento y el hijo mayor recién recibido de arquitecto, Pedro decidió modernizar el edificio y equiparlo con las últimas tendencias en la materia. En el circuito de rumores no se oyen más que alabanzas a cada una de las ideas "tan originales" que implementó el Joaquín, las ambientaciones de las suites más caras, pero sobre todo el diseño de los baños, unos cubículos vidriados que permiten una panorámica de lujo desde la cama. Pero pocos saben, y menos aún son los que atreven a confesarlo, que las mejores ideas fueron copiadas de las mismas películas que pasa el hotel, una suerte de "haga realidad sus fantasías" proyectada por el nene. Así y todo, la propaganda de boca en boca y las mejoras dieron sus frutos y la clientela aumentó tanto que, viendo la cola de autos en el camino de entrada, los Marbella se ilusionan con duplicar el número de habitaciones antes de la próxima temporada alta. Después de todo, la ciudad sigue creciendo y todos saben que, en la Patagonia, cuarenta minutos en coche son un suspiro.

* * *

[Si le pido que duerma en el piso, quedo como una tonta. Si lo hago yo, me muero de frío... Para eso me quedaba en el auto.]

Con la espalda apoyada en la puerta, Diana recorre la habitación número cinco del Hotel Marbella deteniéndose en cada detalle. Si no tuviera que pasar la noche ahí, si no fuera que tiene que compartir la cama con Beto, hasta podría reírse de su situación. Parece una cargada, sí, pero es la pura verdad. Salió de vacaciones con Juani, se fueron solos a Córdoba, estuvieron en varios hoteles, pero nunca en uno con espejos, con luces, con un baño de vidrio. Definitivamente es una cargada entrar así por primera vez aun telo.

[No tengo miedo, no puedo tener miedo. No tengo que hacerme el bocho].

Mientras tanto, Beto termina de ducharse y se acerca con la toalla ajustada a la cintura. "Ya tenés el baño", le dice, y Diana preferiría no tener que hacerlo pero sabe que tiene que sacarse todo el día de viaje de encima. Un vértigo le inunda la cabeza, le opaca la vista y demora sus movimientos. De espaldas a la cama, se saca los abrigos, los pantalones y empieza a desabrochar el corpiño por debajo de la camisa, esa maniobra que aprendió en tantas vacaciones donde compartió habitación con su hermano mayor. Una acción que viene temiendo y esperando desde que Beto dijo "Diana y yo nos quedamos con la cinco".

-¿Vos siempre te desnudás así?

[¿Qué le importa a él cómo me desvisto?]

Inmóvil, con el corpiño en la mano, Diana no sabe qué contestarle. Prefiere ignorarlo y meterse en la ducha para terminar de desnudarse en el amparo dudoso de los vidrios esmerilados.

-No vale, yo quiero ver. ¿No me vas a mostrar nada?

Siempre de espaldas, Diana confía que el agua muy caliente la bañe, arrastre el cansancio del viaje, el fastidio, las dudas y le apague el vértigo que todavía le late en la cabeza. Quiere dejar de pensar, quiere dormirse, quiere que todo se acabe. Entre los borbotones de vapor, registra en el espejo los movimientos del cuarto y no apaga la ducha hasta que comprueba que Beto ya está acostado. Sale del baño en camisón y corre a la cama, con la esperanza de que él no la esté mirando.

-Esto es injusto, nena. ¿Siempre dormís con sotana? ¿No se te enredan las piernas?

[¿Qué le importa cómo duermo?]

Diana dudosa se mira el camisón largo, grueso y descolorido. Otra vez no sabe qué contestar. Tampoco sabe si tiene que reírse.

-No... es de mi vieja. Yo...
-¿Vos qué?
-¿Podrías dejar de reírte como un tarado?
-No, no puedo. Contestame, ¿vos qué?
-Nada, es una pavada...
-No importa, dale, contame, ¿vos qué?
-No seas pesado, Beto. A vos no te importa si yo duermo con ropa o sin ropa.
-Ah, era eso... No me parece ninguna pavada.

[Yo soy la tarada, ¿Por qué tengo que contestarle? ¿Por qué tiene que preguntarme todo?]

Puede verlos, al alcance de la mano, pero sabe que ya no estarán ahí cuando abra los ojosEntonces él se da vuelta y ella aprovecha para meterse en la cama. Tiembla al contacto con las sábanas calientes, es el primer instante de placer después de todo el viaje... pero está Beto. Tiembla al acordarse y se acomoda bien en el borde, sigue dándole la espalda a la figura incierta de su compañero, que en un instante vuelve a girar, como si estuviese dormido, y le apoya una mano en la cintura. Otro temblor la recorre pero la mano no avanza y Diana se esfuerza por serenarse. Es una noche, piensa, una sola. Mañana voy a tener una cama para mí solita. Aquieta la mirada en la raja de luz más amarilla que entra por debajo de la puerta y se deja arrullar por el silbido del viento que atraviesa las ventanas. Sin pensar más en los ruidos extraños, en las manos invasoras, trata de dormirse pensando en los sueños de los últimos días, en la atmósfera extraña y espesa que presiente cada vez que cierra los ojos. Sabe que algunos paisajes, algunos objetos, algunos escenarios tienen que ver con ella, como si le pertenecieran. No, mejor, como si le correspondieran, aunque no logre entender por qué. La escalinata de mármol que termina en la playa sucia, ese mar marrón en la media luz de la tarde, los faros siempre distintos tienen que ver con ella, sin duda. No sabe bien cómo expresarlo, no es exactamente así, pero es algo parecido, algo ambiguo, impreciso. Las explicaciones no reflejan lo que sueña, más bien lo opacan, lo empequeñecen. Diana sabe que algo valioso se le está escurriendo, como los sueños al borde de la vigilia. Puede verlos, al alcance de la mano, pero sabe que ya no estarán ahí cuando abra los ojos. Puede ver claramente el faro rojo en la punta opuesta de una playa interminable. A cada paso, la arena gruesa se traga sus pies hasta más arriba del los tobillos. El cielo impecable se transforma en noche, Diana no avanza y el faro no se enciende. Los sueños -algunos- son un espejismo.

14 octubre 2005

7 / rituales

Sentada en la cama, rodeada de espejos, Gabi tironea de las botas con tanta fuerza que también se le estira la voz. En cada frase, levanta los ojos hacia la figura de su marido detrás de los vidrios opacos. En el baño, Leo no la escucha porque se prepara para dormir: se cepilla los dientes y masajea las encías, hace gárgaras para descongestionar la garganta, se lava las manos con jabón neutro, concentrándose en el desastre que la aventura de la goma pinchada le dejó debajo de las uñas, luego las humecta con una crema para piel sensible y se aplica en la cara una que tiene filtro solar. El último paso es ponerse las medias tejidas y el chaleco frisado sobre la camiseta y encima el saco del pijama. "Así, bien abrigado, listo para enfrentarme a las gripes traicioneras. No entiendo cómo hace Gabi para no enfermarse, que seguro ya desparramó la ropa por todos lados y anda bolas por ahí, exponiéndose a los virus". Sale del baño con los lentes en la mano y una pregunta bien meditada, alerta para desarticular las maniobras de su cariñito, que siempre le pide detalles de lo que dice para confirmar que la escucha. Con un gesto indiferente pero que carga toda la urgencia en los ojos, le larga:

-¿Dónde metiste mi antiséptico bucal?
-¿Acá también vas a dormir con toda esa ropa, papuchi? Dale, sacate eso y vení a hacerme cositas...
-No me cambies de tema y buscame el antiséptico. ¿No pensás abrigarte un poco?

Gabi no le contesta. Arremete como un soplo de sedas blancas rumbo al baño y vuelve a sus especulaciones, entrecortadas por el lavado de dientes:

-Pero entre ellos, ¿hay onda? Porque lo que a mí me parece es que Diana como que se le metió en la cama a Beto, ¿no? Digo, ¿qué harías vos en su lugar?
-Yo estaría tan contento como él, mamuchi... si no te hubiera conocido antes a vos, claro. ¿Pero por qué pensás que es Diana la que quiere? Más bien creo que fue Beto el que se puso inflexible con quedarnos acá...
-No sé, no sé... porque él parece medio loco, pero ella... con esa cara de mosquita muerta... No sé, no sé, al fin de cuentas sos vos el que los conoce. ¿Qué te parece que harán?
-¿Y qué van a hacer? Nada, con este frío... y en una situación tan obvia...
-Pero algo tiene que pasar... digo, estamos en un telo, ¿no?

Después de comprobar con medio cuerpo de cada lado cuánto se ve a través de los vidrios del baño, Gabi acompaña sus argumentos con un baile que recorre toda la habitación. Sin mirar a su marido, que ya se sumergió entre las sábanas, revisa el frigobar desierto, enciende y apaga las luces y la música y al final se queda a los pies de la cama, imitando los gestos de la danza del vientre que está muestra la tele.

con todas las intenciones que sus ojos son capaces de cargar-¿Qué te estás ratoneando vos?
-Y qué sé yo... No me digas que el lugar no es tentador, papuchi... Mirá si Diana se trajo un camisoncito como este... ¿te parece que Beto se va a quedar en el molde si ella lo provoca así? No, ¿no? Entonces, como quien no quiere la cosa... ponen este canal y tal vez se franeleen un poco, por lo menos... Y si hay onda desde antes... ¿te parece que curten o no?
-No sé, mi amor, no creo... ¿Acá? Si de verdad pasara algo entre ellos, serían un poco más disimulados, ¿no te parece?

La respuesta de Gabi es puro ademanes: da por terminado su baile, se calza el control remoto como un cuchillo entre los dientes y gatea sobre la cama hasta su marido, sin dejar de mirarlo con todas las intenciones que sus ojos son capaces de cargar.

07 octubre 2005

6 / marbella

Si la ruta fuera el espacio exterior, viajarían a la velocidad de la luz en una cápsula presurizada con rumbo a la Estación Espacial Omega. Entonces, los mojones serían asteroides que marcan el camino correcto; los carteles amarillos, advertencias de ataque y cualquier otro evento que perturbara la oscuridad completa del cosmos se convertiría en un indicio de naves enemigas que deberán ser abatidas con el cañón de plasma. Como el Capitán Beto ha prohibido que manejen las mujeres pero tampoco tienen intenciones de agarrar el volante, Leo sigue al mando de los controles y, mientras los otros tripulantes duermen "a mandíbula batiente", él trata de ingeniárselas para combatir la modorra. Si al menos tuviera una radio para recibir las instrucciones de la base terrestre... Paciencia, un buen comandante debe sobreponerse a la adversidad y, sobre todo, estar atento al peligro que acecha cuando empiezan a zumbar los oídos, porque una sola distracción puede producir un desvío de las coordenadas, y nadie soportaría una tragedia, mucho menos él. "Hora de chequear los instrumentos", se le escapa en voz alta, pero nadie lo escucha. Combustible okey, temperatura normal, batería cargada, agujita indeterminada estable, velocidad crucero... ¿Cuántos años luz tendremos que recorrer todavía? No logra recordar cuándo pasaron el último satélite... "¿para qué tengo tres co-pilotos si ninguno es capaz de confirmarme una información tan elemental? Zánganos, son todos unos ineptos... atento, comandante, el radar detecta una presencia alienígena, se inicia secuencia de exploración...". Leo se empuja los lentes sobre la nariz para enfocar el fantasma amarillento que brilla en medio del parabrisas. De a poco, las formas nebulosas van modelando letras que flotan en la oscuridad compacta de la ruta: "Motel Marbella, 10 Km".

la entrada del motel brilla entre las sombras espesas de un insólito grupo de árboles-Gente, a despertarse... Encontré un hotel, ¿me escuchan? Dale, Beto, reaccioná, ¿qué te parece si hacemos noche acá y seguimos mañana?
-No paremos, viejo, quiero llegar... ¿Cuánto falta?
-No sé, che, no tengo ni idea. Pero es muy fácil decir "no quiero parar" cuando estás durmiendo lo más pancho... Yo también quiero un pecho que me acobije... Estoy podrido de manejar...
-Yo también estoy podrida, papuchi, ya me duelen todas las piernas...
-Dale, Beto, no doy más, me duermo... Quiero parar, mi mujer quiere parar y Diana seguro que también quiere. Además, cuando lleguemos la casa va a estar helada, no vamos a tener comida y hasta las camas vamos a tener que hacer... En cambio si nos quedamos en el Marbella, podemos cenar algo, dormimos cómodos y calentitos y mañana, bien temprano, desayunamos como la gente y seguimos viaje, dale, ¿qué decís? ¿Paramos?
-Hagan lo que quieran, pero después no se quejen.

La entrada del motel brilla entre las sombras espesas de un insólito grupo de árboles. Más árboles y plantas rodean un camino largo y curvo que desemboca en el estacionamiento, una hilera de cubículos en la que se adivinan unos pocos autos. El viento sacude las lonas y juega a hacer figuras de ramas y luces amarillentas. Un cartel de números rojos les indica la habitación cinco de la izquierda.

-¿Qué es este lugar?, ¿dónde me trajiste, papuchi? Este hotel parece uno de esos...
-¿Y qué esperaban en el medio de la ruta, giles? ¡¿El Sheraton?!
-Nos están dando una sola habitación. No podemos quedarnos acá...
-¿No te morías de sueño, macho? ¿No querían parar a toda costa? Acá tienen un hotel... ¿qué más quieren? Diana y yo nos quedamos con la cinco y ustedes van a la conserjería y piden otra más.
-¡Beto!
-Estamos en un telo, nena, no te van a dar una pieza para vos solita. Además ya lo dijo Leo, quién sabe cuánto falta, la casa está helada, no tenemos nada para comer...
-Pero...
-Beto, esto es muy raro...
-Más raro va a ser que yo entre con vos, y Diana se quede con tu mujercita. Te lo aseguro, pibe. ¿Vamos, Dianita?
-Beto... yo...
-Mirá, nena, no me rompás vos también. Si tenés algún problema quedate en el auto y cagate de frío. Yo ahora lo único que quiero es dormir. Ya tengo los huevos repletos con todo este asunto.

Diana lo sigue por la galería amarillenta como si viajara por un túnel en el que retumban los ecos de voces extrañas, gritos opacos y una música indeterminada que se escucha más nítida delante de las puertas. Otra vez su cabeza es una caja vacía de paredes acolchadas, pero ahora es la voz de Gabi la que empuja, "oíste eso, papuchi, son jadeos... este hotel es un conventillo... ¿cómo vamos a dormir acá?". Caminan hasta la puerta cinco sin mirarse, Diana avanza cada vez más despacio, ¿cómo vamos a dormir acá? Leo grita un portensébien por encima del murmullo de su mujer, Beto abre la puerta y la espera para dejarla pasar primero. ¿Cómo vamos a dormir? Adentro de la habitación enrojecida, Diana sabe que perdió la última oportunidad de salir corriendo.